Juan Arias de Ávila y González

Juan Arias Dávila nace en Segovia hacia el año 1436, en el seno de una familia judeoconversa procedente de Ávila, como indica su apellido y como era costumbre añadir en aquellos tiempos. Su padre era Diego Arias Dávila quien se había convertido al cristianismo en edad temprana, siendo un niño y quien, en edad adulta, alcanzaría destacados cargos al servicio de la monarquía bajo la protección del influyente Pacheco, favorito del rey. Bajo estas circunstancias, con el rey Juan II actuaría como escribano de cámara, contador mayor y finalmente se integrará en el Consejo Real, cargo que mantendrá durante el reinado de Enrique IV. Su madre sería otra judeoconversa llamada Elvira González.

Juan, nuestro protagonista, al proceder de una familia con cierta influencia política, económicamente acomodada y siendo el cuarto hijo del matrimonio tendría todas las papeletas para acabar en el mundo eclesiástico, como era habitual en esas circunstancias, motivo por el cual, desde niño, recibiría una educación esmerada.

Su hermano Pedro, el primogénito, educado como hijo mayor y heredero del linaje se formaría especialmente como caballero, destacando en el campo de las armas y heredando los mismos cargos que su padre.

Sobre la infancia y juventud del joven Juan poco o nada se sabe salvo que estaba marcado, desde niño, para encarrilar su vida hacia una vocación eclesiástica. 

Se sabe que estudiaría en la Universidad de Salamanca, donde se integrará en el elitista colegio de San Bartolomé, graduándose en Derecho Canónico con la licenciatura en Decretales.

En el año 1455 ya debía haber sido ordenado como sacerdote puesto que fue nombrado capellán de Enrique IV y, tres años después, en el año 1458, obtendría el oficio de protonotario apostólico y la abadía de Froncea, tras lo cual recibirá numerosos beneficios menores.

Bajo la protección de su padre y del monarca castellano, el día nueve de febrero del año 1461, el Papa Pío II lo designaría como obispo de la diócesis de Segovia, pero tendría que ejercer como administrador de la misma por no alcanzar la edad mínima exigida para consagrase como obispo. Desde este cargo, tendría que regir la diócesis hasta alcanzar la edad de consagración episcopal.

Durante los cinco años que ejercerá como administrador de la diócesis desarrollará una gran actividad, al buscar y encontrar, en la vieja catedral, los restos desaparecidos de San Frutos, patrón de la diócesis de Segovia, gestión que le ganaría el favor de los feligreses y de los segovianos. 

Aprovechará también su cargo para crear unos Estudios Generales donde se impartirían clases de Gramática, Lógica y Filosofía Moral, antesala de lo que hubiera podido ser una incipiente universidad que no llegaría a consolidarse, igual que pasaría en la ciudad de Palencia. 

Desde su posición impulsaría el embellecimiento de la vieja catedral, con la construcción del claustro que encargó a Juan Guas y que se trasladaría desmontado, piedra a piedra, hasta la actual catedral. 

Dedicaría parte de sus esfuerzos a reedificar y fortalecer el castillo de Turégano, cabeza del señorío episcopal desde el siglo XII, el cual utilizaría como residencia en muchos momentos, especialmente cuando la situación política no le favoreciera.

Su carrera política, al servicio del monarca y de la Corte, comenzaría cuando fuera designado, en el año 1458, Oidor de la Audiencia Real y, posteriormente, miembro del Consejo Real, en torno al año 1465. Cargos desde los que se mantendría alejado de la política activa, a la sombra de su padre y de su hermano Pedro, muy activos en ella.

Tras alcanzar la edad permitida para ser nombrado obispo, el día siete de octubre del año 1466, el Papa Pablo II lo nombraría Obispo de Segovia, rondando apenas los treinta años. De él se decía que tenía incluso mas poder que el rey.

Durante los últimos años del reinado de Enrique IV se vería implicado plenamente en los asuntos políticos del reino de Castilla, alterados y condicionados por la guerra civil y la sucesión que, enfrentará desde el año 1464 al rey Enrique IV y a su hermanastro el infante Alfonso.

La familia Dávila siempre se posicionaría del bando de Enrique IV hasta que, Pedro Dávila, primogénito y máximo heredero del linaje, hermano de Juan, en el año 1467 sea prendido. Aunque fue liberado poco tiempo después, desde ese instante la familia cambiaría de bando y se aproximaría al infante Alfonso, hasta su muerte y, posteriormente, al de su hermana Isabel, futura Católica. 

El diecisiete de septiembre del año 1467, Pedro y su hermano Juan entregarían la ciudad de Segovia a los partidarios de don Alfonso, enemigos de Enrique IV, por lo cual el rey retiraría de todos sus cargos administrativos a Juan y le confiscaría todos sus bienes. 

En julio del año 1468, el infante Alfonso muere inesperadamente como consecuencia de la peste, según algunos autores aunque, según otros, fuera más bien como consecuencia del veneno. Es este momento en el que los hermanos Pedro y Juan Dávila intentarían un acercamiento a su antiguo protector pero la maniobra no tendrá los resultados esperados y Enrique IV los ordenará abandonar la ciudad de Segovia, terminándose así su vinculación con la Corte hasta la muerte del monarca en el año 1474, a pesar de lo cual el obispo seguirá, desde su retiro, interviniendo en la política castellana.

Desde su aparente retiro, influiría tanto en la política que, quizás, los Reyes Católicos le deban todo a él puesto que, en enero del año 1469, estando retirado en su fortaleza episcopal de Turégano, ejecutaría una falsa dispensa pontificia de consaguinidad que se presentará en la boda de Isabel y Fernando. A Fernando lo hará esperar cuatro días en esta villa hasta que Isabel lo diese paso desde Segovia, tras su proclamación. Gracias a esta falsa dispensa, el matrimonio pudo celebrarse. 

Durante estos años de retiro, alejado de la Corte y de la política, se dedicaría fundamentalmente a desarrollar asuntos eclesiásticos. En el año 1472, anunciará la finalización de la construcción del nuevo palacio episcopal que había financiado él, de sus propias rentas personales, al margen de las eclesiásticas, situado entre el alcázar y la catedral vieja. También comenzaría las obras de refortificación del castillo y la construcción de un palacio de verano en el Burgo. Este mismo año, en la iglesia de Santa María de Aguilafuente celebraría un sínodo diocesano, al ser lugar de señorío catedralicio. Un sínodo que estaría marcado por un claro talante reformista y dedicado, principalmente, a asuntos que afectaban al clero. Las actas salidas de este sínodo serían entregadas por Dávila al impresor alemán Juan Parix, con el encargo de hacer una reproducción tipográfica, lo que convertirá a estos documentos en el primer libro impreso en España y conocido como el Sinodal de Aguilafuente. 

Juan Dávila sería también mecenas y se encargó de traer a Juan Párix a Segovia, para “montar “ la primera imprenta.

Con la llegada de los Reyes Católicos al trono, Juan regresaría a la Corte como miembro del Consejo y de la Audiencia Real, convirtiéndose en un servidor leal y eficiente de la Corona. Desde esos cargos inspeccionaría la Chancillería de Valladolid, en un intento por mejorar el funcionamiento de la misma. También intervendría en el enfrentamiento entre los partidarios y detractores de la reforma en el monasterio cisterciense de San Pedro de la Espina e intervendría como comisionado para reformar la Universidad de Salamanca y, al año siguiente, inspeccionar la de Valladolid.

En el año 1476 moriría su hermano Pedro por lo que él se convertiría en el cabeza de familia. Tendrá que librar una importante pugna con el alcaide del alcázar y futuro marqués de Moya por el control de la ciudad de Segovia.

En el año 1483, convocaría un nuevo sínodo en Segovia, esta vez en Turégano, también de marcado impulso reformista, acorde con la personalidad de nuestro personaje. Siempre mantuvo una tensa relación con el cabildo catedralicio, al que exigía que desempeñara su misión con dignidad eclesiástica. Fue uno de los defensores de la reforma de la Orden Franciscana.

En el año 1486, la Inquisición iniciaría un proceso de investigación contra la familia. En julio del año1489, tras el testimonio de docenas de vecinos, conocidos y amigos, los fiscales de la Inquisición acusarían formalmente de herejía, con bases sólidas, a casi todos los miembros de la familia. Serán acusados sus padres y la abuela materna, todos difuntos. Un tiempo después, las acusaciones serían ampliadas a su hermana Isabel, su marido y alguno de los hijos del matrimonio. No se librará, inicialmente, ni el propio prelado, al que acabarán exculpando. Los Reyes Católicos se mantendrían al margen sin intervenir lo que se tomaría el obispo Dávila como una ofensa. Como jurista y eclesiástico experimentado asumirá la defensa de la familia, sabiendo que su mejor opción era apelar en Roma, hacia donde partirá en el año 1490, tras desenterrar los restos de sus familiares para evitar que sean quemados en la hoguera.

Tras hacer importantes regalos al Papa y repartir suculentas cantidades de dinero a miembros influyentes de la curia romana, lograría la absolución pero él, conocedor de la escasa validez que tendría esta declaración en Castilla, intentaría que se trasladase la causa a Roma, cosa que no logrará. Simplemente conseguirá que la causa abierta contra la familia pase de Segovia a Valladolid, cabeza del distrito inquisitorial de Castilla. Aquí debió archivarse la causa tras la muerte del obispo.

Se sabe que, durante su estancia en Roma, mantuvo una buena relación con el Papa Alejandro IV, lo que haría que el pontífice recurriera a él en varias ocasiones, y lo llevara a participar en las coronaciones de los reyes napolitanos Alfonso II y Federico I, en los años 1494 y 1496, respectivamente. 

A finales de octubre del año 1497 testamentaría en Roma para fallecer el día 20 de octubre de ese mismo año 1497. Tras su muerte el cuerpo sería depositado, temporalmente, en el monasterio franciscano de San Jerónimo, en Roma, desde donde sería trasladado hasta Segovia, al altar del crucifijo, de la vieja catedral segoviana.