La ciudad y la provincia ofrecen múltiples experiencias para disfrutarlas y vivirlas esta Semana Santa diferente

Por JUANMA DE SAÁ

El juego de palabras está totalmente justificado en el caso de Zamora, cuya Semana Santa despliega un impresionante cúmulo de sensaciones, marcado por la sobriedad, la devoción a ultranza y el marco determinado por la mayor acumulación de iglesias románicas en el menor espacio.

Las 16 cofradías de la capital zamorana han procurado eludir la tristeza por no poder salir en procesión y mantener la tensión espiritual con numerosos actos vinculados a la Pasión, que trascienden mucho más allá de los desfiles. De esta forma la Semana Santa de Zamora existe, perdura y tiene sentido, incluso con todos los impedimentos derivados de la pandemia de coronavirus. En cualquier caso, las calles y plazas de la ciudad presentan una gran animación en estos días y eso remite al cuidado extremo que todavía hay que tener para prevenir la propagación del coronavirus y al que constantemente aluden los representantes públicos. Es cierto que no habrá un cuarto de millón de personas procedentes de toda España y de medio mundo deambulando por la capital zamorana y quizá sea esta la oportunidad para vivir Zamora de un modo ligeramente distinto en esta época.

Sea como sea, Zamora ofrece, a tiro de piedra, una variada gama de experiencias turísticas que se pueden disfrutar en poco tiempo y con un gasto más que moderado, aprovechando que los viajes a lugares más lejanos estarán restringidos durante algún tiempo. Menos tiempo, si todo el mundo cumple sus obligaciones con responsabilidad y mucho tiempo, si la pifia generalizada es tan mayúscula como lo fue las pasadas navidades, que esperemos que no lo sea.

Cúpula de la Catedral de Zamora. Fotografía: María Jesús Pozo.

UN DÍA

Teniendo en cuenta que el desplazamiento a Zamora supone menos de dos horas desde buena parte de la Comunidad Autónoma, merece la pena madrugar un poco para llegar pronto y dirigirse directamente hasta el corazón histórico de la ciudad.

No olvides que, además de viajar en coche o en autobús, el AVE es otra opción, eso sí, con el permiso de los confinamientos perimetrales. Además, si se cumplen las previsiones desde instancias públicas, Otero de Sanabria será la segunda estación zamorana para el tren de alta velocidad.

Plaza de la Constitución, con la iglesia de Santiago del Burgo al fondo. Fotografía: María Jesús Pozo.

Si vienes en coche, puedes dejarlo en el aparcamiento de San Martín, en pleno casco histórico, o en el de la plaza de la Constitución, en este caso, para pasear por la emblemática calle Santa Clara, no sin antes examinar de cerca la iglesia de Santiago del Burgo. Te la encontrarás justo frente a ti al subir las escaleras del aparcamiento. Después, caminar en dirección suroeste hacia la Catedral, para examinar la conocida fachada de Las Cariátides, en la plaza de Sagasta, antes de pasar por la Plaza Mayor. 

Zamora forma parte de la Ruta Europea del Modernismo por algo y puedes entrar en la página web Turismo Zamora para descargarte una estupenda y breve guía de la Zamora Modernista.

Como todavía será pronto, resiste la tentación de quedarte en una terraza de la Plaza Mayor, contemplando la iglesia de San Juan, y dirígete hacia la calle de Ramos Carrión para ver el edificio de la Antigua Diputación y el propio Teatro que recibe el nombre de la calle, con el colorido contraste que ofrece su fachada. Puede que tengas la oportunidad, según la hora, para acceder al mirador, que deja una imagen maravillosa del río Duero. Es una fotografía inolvidable.  A la vuelta, es imprescindible subir y bajar por la calle Balborraz.

Imagen de la calle Balborraz. Fotografía: M.J. Pozo

Justo al lado, está el Parador Nacional de Turismo ‘Condes de Alba de Aliste’, todo un palacio construido en el siglo XV que constituye una opción para pasar la noche la segunda vez que vuelvas a Zamora. 

El Parador está en la plaza de Viriato, justo al otro lado del majestuoso edificio en el que se ubica la Diputación Provincial de Zamora. El café Aureto no es exactamente un monumento pero seguro que este lugar de encuentro formará parte, tarde o temprano, del estupendo recuerdo que el visitante se lleva de la ciudad, aunque la humildad de su regente, Aurelio, le impida reconocerlo.

Plaza de Viriato. Fotografía: M.J.P.

La visita al Museo Etnográfico de Castilla y León, estratégicamente situado al norte de la plaza de Viriato, es muy recomendable. Además de la exposición permanente, el MECyL despliega tal cantidad de posibilidades que resulta difícil decidirse. En realidad, el centro museístico justificaría, por sí solo, una visita de ida y vuelta a la capital zamorana. En estos días, ofrece la estupenda oportunidad de conocer la obra del grandioso escultor José Luis Alonso Coomonte.

Merece la pena anteponer a otras opciones la visita a la muestra ‘Coomonte. Reto y materia’. A sus casi 89 años, el artista benaventano, uno de los más importantes de su generación en el ámbito internacional, todavía hace obra para explicar y resaltar la realidad como nadie ha hecho. Quien entienda solo un poquito, se saldrá de sus casillas y se asombrará al comprobar cómo ha sido capaz de manejar numerosos materiales y, especialmente, el hierro, muy por encima de lo que está permitido a los dioses.

Visa general de la Catedral de Zamora. Fotografía: M.J.P.

La Catedral y el Castillo esperan. Por la Rúa de los Francos, hay que detenerse en la iglesia de la Magdalena. Y, en la Rúa de los Notarios, por mucho que luzca el sol, es fácil darse cuenta del escenario de recogimiento que la propia ciudad ofrece a los pasos procesionales y por qué la huella espiritual es especialmente profunda en Zamora. En medio de la Rúa, cruza con la Cuesta del Mercadillo, puede que la calle más bonita de la ciudad, aunque tal afirmación depende de los gustos y siempre será discutible.

Al llegar a la plaza de la Catedral, el visitante enmudece ante la belleza de esa cúpula gallonada con halo bizantino y la torre del Salvador, que se han convertido en santo y seña de la ciudad. Eso sí, con el permiso del Castillo, fortificación de planta romboidal que hunde sus raíces en el siglo XI y que, tras la intervención terminada en 2009, recuperó un aspecto que cualquier director de cine histórico medieval anhelaría. La excavación de la liza, que permitió dejar al aire otros seis metros de lienzo, realzó al máximo el Castillo que, por cierto, cuenta con un foso prácticamente intacto.

«El visitante enmudece ante la belleza de esa cúpula gallonada con halo bizantino y la torre del Salvador»

La Catedral, vista desde la torre del homenaje del Castillo, es una de las imágenes más fotografiadas y no digamos nada, en formato de selfi. Hablando de fotos, los Jardines del Castillo constituyen un entorno idílico, no en vano no hay boda, bautizo o comunión que se precie cuyos protagonistas no posen allí. 

Además, se puede echar un vistazo a la sede del Consejo Consultivo de Castilla y León y del Tribunal Administrativo de Recursos Contractuales, un edificio cuyo diseño, de Campo Baeza, ha sido internacionalmente reconocido y premiado.

Baltasar Lobo ocupa un lugar destacado en el panorama artístico internacional del siglo XX y esta zona de la capital zamorana rinde al escultor de Cerecinos de Campos una pequeña parte del culto que merece. Solo en el Castillo, hay disponible todo un viaje por su singular forma de entender el arte.

«Zamora lleva el sello del escultor de Baltasar Lobo, cuya obra ha dado la vuelta al mundo»

La obra de Lobo ha dado la vuelta al mundo, aunque todavía queda mucho por hacer para dar a conocer de verdad su legado. Zamora lleva el sello de Lobo aunque, como suele ocurrir con todas las maravillas cercanas, no es raro que el visitante se fije más que quien todos los días pasa junto a la plaza de Zorrilla o pasea por el parque León Felipe.

Antes de volver hacia el centro de la ciudad, pasando junto a la pequeña iglesia de San Isidoro, eclipsada por la proximidad de la Catedral, merece la pena mantener una pequeña discusión sobre el Portillo de la Lealtad, antes denominado ‘Puerta de la Traición’. Si alguien del grupo sabe declamar, es un buen momento para leer en voz alta unos pasajes del Cerco de Zamora e ir a comer diciendo ‘¡Rey Don Sancho! ¡Rey Don Sancho!’

Por el camino de vuelta, un leve desvío por la calle Quebrantahuesos para ver la iglesia de San Vicente y el Teatro Principal de Zamora, que puede presumir de estar construido sobre un auténtico corral de comedias del siglo XVI.

Quien haya disfrutado de examinar y recorrer murallas míticas como las de Ávila o Lugo seguro que valora las peculiaridades de las de Zamora, que van reapareciendo como por arte de magia, a medida que las edificaciones adosadas que ocultaban numerosas partes han sido expropiadas y derribadas. De hecho, la avenida de la Feria muestra amplios tramos que permiten hacerse una idea muy aproximada de cómo fueron antaño. Es muy ilustrativo pasar por la puerta de Doña Urraca y la puerta del Obispo, por ejemplo.

«Las murallas de Zamora van apareciendo como por arte de magia; la avenida de la Feria muestra amplios tramos que permiten hacerse una idea de cómo fueron antaño»

Se puede hilar muy fino e intentar imaginar el trazado de la Muralla,  por zonas en las que ni siquiera parece existir pero cuyos vestigios están ahí, en varios lugares, ocultos tras un edificio al que no se puede acceder de forma libre, dentro de un solar e, incluso, como parte de algún establecimiento comercial, según el recinto del que se trate. Inmediatamente, surge un lienzo incompleto que termina en un edificio moderno y vuelve a desaparecer ya que, desde que las Murallas fueron perdiendo su valor estratégico, hubo un tiempo en el que hasta se consideraron molestas y se eliminaron en parte para abrir espacio a lo que entonces se creía que era una ciudad moderna. Lo de la protección del patrimonio no es tan antiguo como podría pensarse.

A medida que se avanza, queda más patente que los secretos y rincones de una ciudad pequeña y acogedora como Zamora son imposibles de desentrañar, no ya en un día, sino en un año. Para un solo día y con vistas a evitar la sensación de haberse dado la paliza del siglo antes de coger de nuevo el coche y volver a Segovia, por ejemplo, puede ser una decisión inteligente regresar por el mismo camino para fijar bien las imágenes zamoranas antes de la comida.

Vista desde el Mirador de San Cipriano. Fotografía: M.J. Pozo.

A sabiendas de que cada habitante de España tiene su propia selección nacional de fútbol en la cabeza y sus gustos gastronómicos inapelables, la sugerencia culinaria pasa por decidir si la apuesta va por los pinchos o por mesa puesta con mantel, primero, segundo y postre.

En el caso de los pinchos, la oferta es enorme, incluso en pandemia. Los establecimientos hosteleros zamoranos figuran entre los mejores de España en este apartado y poca gente habrá que pueda discutirlo. La calidad, el sabor y el precio son, simplemente, increíbles. Basta con observar la reacción de cualquier madrileño que acaba de tomar unas patatas bravas, unos chipirones y unas cañas en el Caballero. Ponen cara de incredulidad y comparan con lo que les costó ayer mismo una ración en el entorno del Palacio de Oriente. Casi siempre sueltan una palabrota.

Mirador de San Cipriano. Fotografía: M.J. Pozo

Una vez deshecho el camino andado, pasa de largo el aparcamiento de la Constitución y sigue por Santa Clara, donde ya hay una buena oferta para hacer boca, como el Dolfos o el Chaston, entre otros muchos, y terrazas interesantes, con sus mesas, sus sillas, su gel hidroalcohólico y su distancia de seguridad, que no es poca cosa. En la plaza del Cuartel Viejo, el Arándanos y el Fas también saben satisfacer el apetito.

Mucha gente tiende a bascular hacia las calles Alfonso de Castro y De las Flores de San Torcuato. Todo ese entorno, donde están el Bambú, el Sevilla, el Tupinamba, el Merlú, el Caballero y el Lobo, entre otros exponentes. Una experiencia muy comentada es pedir tres pinchos morunos en el Lobo, dos de ellos, con salsa picante, por ejemplo, y escuchar el estentóreo grito ‘¡Dos que sí y uno que no!’ destinado a la cocina.

«La experiencia gastronómica en terrazas, lugares típicos de tapas y restaurantes con una comisa más sosegada será siempre inolvidable»

En la plaza del Maestro Haedo, Marlene y Jorge y Paula y un segundo Jorge harán que quieras volver a la taberna urbana Al Siguiente. Todo tipo de tapas frías y calientes, buen precio y una simpatía arrolladora.

Si prefieres una comida más sosegada, con su sobremesa y su todo, en esa zona puedes acercarte a La Baraka, donde encontrarás una carta con el bacalao, el solomillo de ternera y el lechazo como protagonistas, más postre y vino de Toro, por unos 35 euros por persona. Chema, Javier y Miguel te atenderán de un modo que te obligará a volver a Zamora. No hay que olvidar pedir unas ‘barakas’, las míticas croquetas de bacalao de ese establecimiento.

El restaurante París ofrece una amplia selección de platos basada en productos de la tierra, desde ternera de Aliste hasta lechazo, pasando por ancas de rana y a un precio más que ajustado. Considera también la oferta del Libertén, restaurante premiado en varias ocasiones por la gran calidad de su cocina.

La oferta de bares de tapas va mucho más allá del centro urbano. Por ejemplo, si tienes pensado coger la autovía para ir hacia Benavente, al pasar por el barrio de San José Obrero, acércate al bar La Tabla, en la plaza de Villardeciervos. Miguel abre muy pronto y tiene unos pinchos estupendos. Las mollejas a la zamorana, la tortilla de patata y los bocadillos calientes son su especialidad. Por cierto, cuando haya que escribir sobre las tortillas de patata de Zamora, la de La Tabla entrará en el top 10, junto con la de Víctor Gallego 21, donde Ito también sabe lucir la calidad y ofrece una afable charla que invita a quedarse.

«Los murales urbanos conforman una ruta de interés, denominada ‘Zamora variopinta’, para recorrer calles más alejadas del centro»

La capital zamorana ha incorporado durante los últimos años, una serie de murales urbanos que conforman una ruta de interés, denominada ‘Zamora variopinta’, para recorrer calles más alejados del centro de la capital. La parte trasera del Ayuntamiento, institución promotora de la iniciativa, exhibe uno de los más de 40 trabajos con los que se pretende atraer otro tipo de turismo a la ciudad.
Antes de regresar al lugar de origen, ir y volver por el Puente de Piedra, echar un vistazo al Convento de San Francisco, sede zamorana de la Fundación Rei Afonso Henriques, un paseo por la ribera del río Duero y un vistazo a las aceñas de Olivares. Salir a primera hora de la tarde hacia casa hará que el día haya sido relajado y acentuará las ganas de volver.

Aceñas de Olivares. Fotografía: M.J.P.

CON NIÑOS

Zamora es una ciudad pequeña y tranquila, perfecta para moverse con niños, siempre que no tengas el alma orientada a estabularlos en una zona acotada donde puedas olvidarlos hasta que llegue la hora de cierre.

La capital zamorana permite combinar las visitas culturales con las zonas de ocio para los peques por mera proximidad. No hace falta un gran esfuerzo para que se interesen por el Castillo y convertir la estancia en la fortaleza en una aventura medieval, con la imaginación como aliada para llenar el foso y para divisar desde la torre del homenaje al invasor. Incluso los peques pueden examinar los bolaños que se disparaban al enemigo.

La plaza de la Catedral, los Jardines del Castillo, la plaza de Viriato y la Plaza Mayor son zonas para visitar y para el desfogue infantil. Si de buscar espacios amplios se trata, en caso de haber dejado el coche en el aparcamiento de la plaza de La Marina, hay muchos metros para echar unas carreras y hasta un parque y establecimientos hosteleros próximos, para un tentempié, justo antes del viaje de regreso.

«El entorno del río Duero es ideal para pasear, comer tomar un respiro»

El entorno del río Duero es perfecto para pasear, comer y tomar un respiro. Hay zonas con arbolado, mesas y bancos de madera, establecimientos hosteleros y parques infantiles.

La observación ornitológica es otra opción, no en vano la ribera del Duero acoge cerca de 180 especies de aves catalogadas, desde martinetes y avetorillos comunes hasta milanos reales y águilas calzadas, pasando por el martín pescador y la cigüeña blanca. La excusa de las aves nos lleva hasta el bosque de Valorio, donde hay numerosas especies, como el ruiseñor común, el gorrión molinero y el torcecuello, además de rapaces nocturnas como el cárabo y el autillo.

Puente de Piedra desde las Aceñas de Olivares. Fotografía: M.J.P.

También muy cerca del río, en el Hotel NH Palacio del Duero, que ya es un monumento en sí mismo por la historia que atesora, hay una magnífica reproducción al óleo de Las Meninas, pintada por Félix de la Concha. Un trabajo especial, realizado en 140 paneles, con unas dimensiones de 318 por 306,5 centímetros, unos 30 más que el original de Velázquez. Es una obra muy llamativa y produce un efecto curioso en los niños. También, en los adultos.

No olvides acercarte al Museo de Zamora, en la plaza Santa Lucía, una oportunidad única para ver de cerca las joyas prerromanas de oro y plata encontradas en Arrabalde, entre otras piezas destacadas.

El bosque de Valorio es muy accesible y cuenta con una amplia zona de aparcamiento que da la opción de comprar comida para llevar en casi todos los establecimientos que enumeramos antes y comerla tranquilamente en las mesas y bancos de madera repartidos por toda el área. Después de comer, el parque, con numerosos elementos, aguarda a las hordas de menores.

DOS DÍAS

Después de una visita de un día, la capital zamorana todavía conserva celosamente la mayoría de sus secretos y no digamos la provincia, marcada por una historia larga y densa. Dos jornadas para conocer Zamora también son insuficientes pero eso es mejor que una visita apresurada, llena de agobios y de imprecisiones. 

La estancia ya sugerida en la capital zamorana puede prolongarse para dejar un poso más duradero. Sin ir más lejos, el edificio de Las Arcadas, en la plaza de Viriato, tiene ahora instalada una pantalla gigante en la que, desde las 18.00 hasta las 22.00 horas y los domingos de Ramos y de Resurrección, también, de 12.00 a 14.00 horas, ofrecerá los sonidos y las imágenes más representativas de la Semana Santa de Zamora. 

Además, la iniciativa promovida por la Diputación, la Junta Pro Semana Santa y Caja Rural de Zamora mostrará las iglesias que se pueden visitar en la provincia, espacios naturales como el Lago de Sanabria y, con imágenes tomadas por un dron, las cascadas de Abelón, Sotillo y Almaraz y el Cañón del Tera.  

Vista general de Puebla de Sanabria. Fotografía: M.J.P.

Después de dormir en la capital zamorana, hay que madrugar y desayunar un chocolate con churros en el centro. Lo de madrugar es para ir hacia Sanabria. Es mejor seguir las normas de circulación estrictamente para evitar accidentes y otros problemas. Sin riesgos, tardarás en torno a una hora y media en recorrer los 112 kilómetros hasta Puebla de Sanabria. No merece la pena incumplir las normas para llegar diez minutos antes. En serio. Ni en este trayecto por la N-631 ni en ningún otro. Hay quien coge la autovía a Benavente y evita carreteras nacionales pero no olvides que, en ese caso, harás unos 44 kilómetros más. 

De todos modos, si pasas por Benavente, merece la pena ver el Hospital de la Piedad y Santa María de Azoague y, si te gusta la cocina muy especial, una oportunidad para acudir a El Ermitaño, donde los hermanos Pedro Mario y Óscar Manuel Pérez te llevarán a otra dimensión gustativa y, por cierto, con estrella Michelin.

Fachada del Centro del Lobo Ibérico. Fotografía: M.J.P.

El Parque Natural del Lago de Sanabria y Sierras Segundera y de Porto siempre será una opción ideal en cualquier época del año pero, en estas semanas, es, simplemente, precioso. Puebla de Sanabria y su Castillo marcan el pulso de la comarca pero no hay un solo paraje sanabrés desdeñable. Merece un par de semanas de vacaciones y cualquier visitante de un día se da cuenta enseguida. Trastea a través de internet y encontrarás múltiples ofertas ajustadas a cualquier necesidad.

Por si fueran pocas las posibilidades de esa zona, considera la visita al Centro del Lobo Ibérico de Castilla y León ‘Félix Rodríguez de la Fuente’, en Robledo. Si te interesan la naturaleza y los animales y vas con niños, no te lo pienses y haz con la reserva con algo de tiempo. 

En la comarca hay multitud de establecimientos hosteleros muy buenos, algunos de ellos, con terrazas que dominan el Lago, pero es mejor asegurarse de que funcionan al cien por cien y revisar cada caso específicamente, dadas las circunstancias creadas por la pandemia.

Colegiata de Santa María de Toro, provincia de Zamora. Fotografía: M.J.P.

Si te apetecen trayectos más cortos, Toro está a tu disposición. Conducir 40 kilómetros para recorrer esa ciudad es todo un regalo. Ve directamente a la Colegiata, caminando sin prisa por la Puerta del Mercado, y asómate para ver la vega. Maravillosa. Si puedes, toma algo o come en la terraza del restaurante del Hotel Juan II. La vista lo dice todo. Si te parece, puedes retroceder y darte un festín de tapas en los locales de los soportales de la Plaza Mayor y su entorno. 

«Toro es una excelente propuesta para trayectos más cortos. Ve directamente a la Colegiata, caminando sin prisa por la Puerta del Mercado»

Toro es otro ejemplo más de que la fama oculta mil virtudes. La Colegiata -hay que ver el Pórtico de la Majestad- es imprescindible pero la localidad que acogió una edición de Las Edades del Hombre tiene muchísimo más que ofrecer y debes descubrirlo. El Alcázar, la Torre del Reloj, la Plaza de Toros -una de las más antiguas de España- el Arco de Toro, la iglesia de San Lorenzo, San Salvador, el Monasterio del Sancti Spiritus, las bodegas restauradas, los soportales de la Plaza Mayor, los palacios, la arquitectura civil del siglo XIX, de lo mejorcito que vas a encontrar. 

Y eso, sin hablar de los vinos. Si tienes afición, seguro que conoces sobradamente las rutas del vino en Castilla y León. Si no, echa un vistazo al portal de Turismo de la Administración autonómica. Una vez hagas parte de una ruta, te verás en la necesidad de hacerlas todas.

Muy cerca de Toro, en Morales de Toro, tienes el premiado y reconocido Museo del Vino Pagos del Rey, otra alternativa que combina el enoturismo con la cultura, ya que organiza frecuentes conciertos y exposiciones.

Torre del Reloj, Toro. Fotografía: M.J.P.

El Tejedelo de Requejo de Sanabria, el Castro de Arrabalde, la Reserva Natural de las Lagunas de Villafáfila, la Sierra de la Culebra, Fermoselle y los Arribes del Duero, Sayago, La Guareña, la Tierra del Vino, la Tierra del Pan, Tábara, Alba, La Carballeda, Benavente y Los Valles, Aliste -y no hemos hablado de la Semana Santa en Bercianos de Aliste-… todos los paraje y comarcas merecen una larga visita. Cada rincón precisa un estudio previo, lectura detenida y detallada y memorización de ideas y datos históricos para intentar comprender, aunque solo sea en parte, la maravilla que suponen estos territorios y sus gentes.

La provincia zamorana es todo un descubrimiento para los sentidos y aquí tienes otros lugares y pueblos inigualables: El Puente de Requejo, el Castillo de Villalonso, los petroglifos de Villardiegua de la Ribera, una travesía en el buque oceanográfico del Lago de Sanabria o en el de Los Arribes, el Puente de Castrogonzalo, los alfares de Pereruela y Moveros, el Santuario de Nuestra Señora de La Carballeda, las maravillosas playas fluviales, Porto de Sanabria

«Zamora exhibe su inmensa riqueza histórica, artística, natural y gastronómica»

Comarca a comarca, pueblo a pueblo, Zamora expone su inmensa riqueza histórica, artística, natural y gastronómica. Los productos zamoranos son demandados de forma creciente y prueba de ello son las cifras que registran las denominaciones de origen, las indicaciones geográficas protegidas y las marcas de garantía de la provincia. Es raro el visitante que no se lleva para sí o como regalo vino, queso, chorizo, miel, garbanzos, habones o setas, entre otras muchas delicias.

A vuelapluma, la provincia de Zamora ofrece tal variedad de escenarios y experiencias turísticas que es imposible calibrarlas en su justa medida de forma exhaustiva. Vivir en esta provincia es descubrir cada día algo inusitado y darse cuenta de que lo que ya se creía conocido e interiorizado es mucho más complejo y profundo de lo que sugirió la primera aproximación. Zamora es inabarcable, como la vida misma. Y está muy cerca.

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