Ser voluntario es todo un compromiso social y una forma de vida

Todo lo que debes saber si tu inquietud es poner tu tiempo y tus habilidades al servicio de los demás

Ser voluntario no es una terapia para huir de los problemas de aquí, sino un estilo de vida de compromiso social que va mucho más allá de la propia estancia

Texto y fotos:

ALBERTO LÓPEZ HERRERO

Viajamos por placer, para conocer nuevos lugares, para aprender, para disfrutar, para relajarnos e incluso podemos hacerlo como un reto personal o para cumplir una promesa. No hace falta irse muy lejos para experimentar esa sensación de libertad y de plenitud que nos rerportan los viajes.

Sin embargo, hay otra forma de viajar y, sobre todo, con otro fin: viajar para ayudar. No se trata de ser un héroe ni de querer cambiar el mundo, sino simplemente de poner tu tiempo y tus habilidades al servicio de los demás, de quienes más lo pueden necesitar. ¿Quién no ha experimentado la gratificante sensación que produce ser correspondido con una sonrisa como agradecimiento? Los que viajan a India dicen que les cambia la vida y que repetirían, los que conocen algún país de Centroamérica o Sudamérica vuelven cautivados con la sencillez del estilo de vida, y los que vuelan a algún país africano regresan hechizados por las experiencias atesoradas y las sonrisas infantiles. En todos los casos, se crea una especie de adicción para repetir que resulta incontrolable cuando el fin del viaje es realizar un voluntariado.

Un voluntario rodeado de varios menores en Angola.

Está demostrado que la mejor cámara de fotos es la retina y el corazón es la caja fuerte de las vivencias. Cada país tiene una riqueza inabarcable de sorpresas en forma de tradiciones, paisajes y por encima de todo, sus gentes, que son el mayor tesoro que podemos encontrar allí donde vayamos.

«La mejor cámara de fotos es la retina y el corazón es la caja fuerte de las vivencias»

Pero no es lo mismo viajar por placer, bien sea en un viaje organizado o a la aventura, que con el fin de realizar un voluntariado durante un tiempo determinado. Tampoco es lo mismo aprovechar nuestro tiempo de vacaciones que hacerlo por una estancia mayor. Y, por último, no es lo mismo ser voluntario que ser cooperante, ya que ambos pueden pertenecer o realizar el viaje con una misma organización, pero ni sus funciones, ni su formación, ni sus riesgos son los mismos.

Un misionero en campo de refugiados de Kenia.

El cooperante siempre cuenta con una formación profesional específica, algo que no es una condición indispensable para realizar un voluntariado. Los cooperantes son personal contratado por una organización y todos sus gastos corren por cuenta de ella, incluido un salario; mientras que los voluntarios suelen correr con los gastos del viaje y es la organización la que les proporciona el alojamiento, la manutención y un seguro internacional. Por último, las funciones de unos y otros también son distintas, y mientras que los cooperantes participan en la ejecución, gestión y evaluación de proyectos de desarrollo o ayuda humanitaria, los voluntarios suelen apoyar acciones sociales diarias al lado de la población en situación de vulnerabilidad.

Por tanto, vamos a centrarnos en la posibilidad de realizar un viaje como voluntarios para ayudar. Para ello lo primero es informarnos y elegir bien la organización que nos puede ofrecer esa posibilidad teniendo en cuenta nuestro objetivo: hay instituciones, fundaciones y organizaciones religiosas que siempre están donde la población más lo necesita. Los misioneros y las misioneras llevan décadas allí y son los mejores embajadores, salvoconductos y a la vez guías turísticos respetados por todos porque permanecen en los momentos más difíciles y cuando el resto se ha ido. Hay otras ONG y asociaciones laicas y enfocadas a un ámbito concreto de actuación -educación, medio ambiente, saneamiento, animales…- que suelen trabajar más allí donde la situación y el momento lo demanda, pero por un periodo de tiempo limitado.

El reparto de ayuda forma parte de las actividades cotidianas de los voluntarios. En la imagen, en India.

Teniendo en cuenta que para ser voluntario lo que más cuenta es la sensibilidad, las ganas de ayudar y de aprender, la capacidad de compartir y de trabajar en equipo, la adaptación a situaciones de vida muy diferentes a las nuestras y la disponibilidad para mejorar las condiciones de vida de las personas con las que vamos a estar, cualquier persona que tenga inquietudes puede ser voluntaria y, por supuesto, no hace falta irse muy lejos para ofrecer nuestro apoyo a quien lo necesita, porque a nuestro alrededor también muchas personas necesitan ayuda.

«Cualquier persona que tenga inquietudes puede ser voluntaria y, por supuesto, no hace falta irse muy lejos para ofrecer nuestro apoyo a quien lo necesita»

Una vez elegida la organización, según los programas de voluntariado que ofrezcan, tendremos que realizar algún curso. Es importante que nos conozcan y que nosotros conozcamos la organización, y siempre hay que tener una formación básica pero muy importante para saber nuestra labor, cómo actuar y qué podemos y que no debemos hacer al estar en una cultura distinta a la nuestra.

Una niña en una escuela de Sierra Leona.

Realizar este curso nos ayudará a situarnos y a clarificar nuestras inquietudes, pero también a afianzar nuestros objetivos. Ser voluntario no es tener acceso a unas vacaciones baratas en un país poco visitado, ni ir a practicar un idioma, tampoco es el último recurso cuando todos los planes han salido mal. El voluntariado no es una terapia para huir de los problemas que tenemos aquí, ni la oportunidad para reflexionar sobre nuestra vida o la esperanza de encontrar un trabajo allí… Ser voluntario es una opción y un estilo de vida de compromiso social y solidario. Todo lo que no sea ir libre de cargas y problemas se verá reflejado en el lugar de destino y complicará nuestra labor y nuestra estancia.

«Ser voluntario es una opción y un estilo de vida de compromiso social y solidario, no una terapia para huir de los problemas de aquí»

Por tanto, hay cosas básicas y de sentido común que tenemos que tener en cuenta a la hora de viajar a otro país, y más si es a África o a Asia, como beber siempre agua embotellada hasta para lavarnos los dientes, pelar la fruta y lavar bien las verduras, tener cuidado con los animales domésticos y con bañarnos en los ríos, no comer comida vendida en la calle… pero también hay otras que nos las dará la experiencia y equivocarnos muchas veces.

El mejor consejo inicial al llegar a otro país es siempre ver, oír y callar. Si desde el primer momento queremos imponer nuestra manera de hacer las cosas no estaremos ayudando, sino todo lo contrario. El voluntariado es un aprendizaje y un enriquecimiento que se asimilan casi sin darnos cuenta y que valoraremos, sobre todo, cuando regresemos a nuestras rutinas en el mal llamado primer mundo.

El primer prejuicio que hay que desterrar como voluntario es que vamos a ayudar a un país pobre. Es evidente que la población tiene más necesidades que nosotros y, posiblemente muchos menos recursos, pero no porque el país sea pobre, ya que nos daremos cuenta de que tiene unos recursos naturales inimaginables, sino porque o bien la corrupción política, o bien la explotación de los países extranjeros los tiene condenados a una deuda continua con el exterior. Eso no impedirá que, si viajamos a la capital o a grandes ciudades veamos rascacielos, restaurantes de lujo, mejores coches que en nuestra ciudad o mercados en los que encontraremos los últimos avances tecnológicos. Descubriremos jóvenes emprendedores y niños y niñas con una imaginación increíbles para convertir cualquier plástico o cartón en el mejor de los juguetes…

La sonrisa de un niño, el mejor regalo para el voluntario.

«Descubriremos niños y niñas con una imaginación increíbles para convertir cualquier plástico o cartón en el mejor de los juguetes»

La mayoría de países que recibe ayuda del exterior tiene una minoritaria clase social muy alta, apenas tienen clase media y, por el contrario, son naciones que poseen una mayoritaria clase social baja por debajo del umbral de pobreza. Sobreviven con menos del equivalente a 1,5 euros al día en una economía de subsistencia en la que si no trabajas, no comes, y si no vendes algo un día tampoco tienes para comer.

Esta última realidad nos hace pensar en lo que supuso el confinamiento y en lo que está significando la pandemia para muchos países. Además de haber paralizado los viajes de cooperación y voluntariado durante casi dos años, 150 millones de personas en el mundo han pasado a engrosar las cifras de pobreza y hambre, y más de 24 millones de menores no volverán a pisar una escuela cuando el coronavirus pase por haberse quedado huérfanos o tener que ayudar a la economía familiar.

Como voluntarios nos llamará la atención las sonrisas perennes de los más pequeños, y también que es una población muy joven. Nos sorprenderá el respeto que se les tiene a los mayores, porque la esperanza de vida puede rondar los 50 años, y nos conquistará la sencillez con la que comparten lo poco que tienen y cómo agradecen cualquier gesto. Rápidamente sacarán una silla para que nos sentemos con ellos, nos ofrecerán algo de comer o beber, aunque ellos se priven de ello, y aprenderemos que no existen las prisas… ni la puntualidad. Por eso, una de las primeras lecciones del voluntariado es aprender a valorar el tiempo y la vida. En África apenas existen los relojes, el sol marca el tiempo de levantarse, comer e irse a dormir y la vida consiste en compartir, en ayudarse unos a otros, en hablar y en escuchar las historias de los mayores…

«Una de las primeras lecciones del voluntariado es aprender a valorar el tiempo y la vida»

Pero igual que no viajamos a un país pobre, porque a diario nos llevaremos bofetadas de su riqueza personal y como país, tampoco podemos pensar que vamos a pasar calor. Uno de los errores más grandes que cometen incluso los medios de comunicación es pensar que África es un país y no un continente, al dar por hecho que el clima, la gastronomía y hasta los idiomas son iguales o muy parecidos en todas partes. Lo normal es que haga calor en África como también en América y en Asia, pero también hay épocas de lluvias, fenómenos meteorológicos cíclicos o poblaciones situadas a gran altura y en las que el termómetro puede variar más de 25º entre el día y la noche.

Las tareas cotidianas en muchos países de África son de gran esfuerzo.

Lo más importante para que una experiencia de voluntariado sea plena y el enriquecimiento personal se pueda trasladar a la vida diaria cuando se regrese a casa será la forma de actuar. Ya hemos comentado que no se puede hacer uno voluntario para huir de algún problema ni para demostrarse a uno mismo que es capaz de dormir rodeado de bichos. Ser voluntario no es una experiencia de supervivencia, como tampoco lo es de heroicidad para cambiar las cosas. Es posible que a tu marcha no haya cambiado nada, pero también es probable que la semilla germine en algún momento.

«Una experiencia de voluntariado no es sinónimo de los mejores selfies para conseguir likes en las redes sociales»

Una experiencia de voluntariado no es sinónimo de los mejores selfies para conseguir likes en las redes sociales. Hay que tener respeto por las personas que fotografiamos y pedirles siempre permiso. Piensa que tú eres afortunado por estar viviendo una experiencia única y ojalá repetible en tu vida, pero para las personas con las que estás lo harás solo unos días en sus vidas. Tú te irás, pero ellos se quedarán, por eso también hay que tener cuidado con los regalos que se hacen en forma de ropa o de dinero, o el vínculo que se establece con ellos. Siempre es mejor beneficiar a la comunidad que a alguien en particular, y por eso siempre es preferible que la organización con la que viajamos, por conocimiento y autoridad por el tiempo que lleva en la zona, se encargue de repartir cualquier material que llevemos o que queramos dejar.

Un niño, con el semblante pensativo, en Angola.

Si después de esta visión general y llena de matices sobre lo que es y lo que supone el voluntariado, al leer estas líneas ves que, sin importar la edad que tengas, ese gusanillo en tu interior te pide hacer algo por los demás de manera desinteresada, posiblemente sea el momento de dar el paso para vivir un tiempo dedicado a los demás. En él también disfrutarás de los mejores amaneceres y atardeceres que hayas visto, compartirás juegos y sonrisas que creías haber olvidado y tendrás una experiencia enriquecedora y a la vez una sacudida de tu espacio de confort para comprender que la felicidad supone vivir de manera sencilla y más aún cuando se comparte.

Así que, ánimo con lo que puede ser tu próximo viaje y seguro que el viaje de tu vida.

(Alberto López Herrero es periodista y ha recorrido más de una veintena de países de África, América Latina y Asia).

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