Andrés de León, co-armador del Yanira y responsable del proyecto Regatta Experience, comparte en una entrevista su pasión por el mundo de la navegación

El Yanira, una embarcación de 17,85 metros de eslora y 3,80 de manga, con la que ha participado en 34 regatas desde 2013

El primer sentimiento que se suele experimentar al ver un velero clásico es el de fascinación. Son embarcaciones que no solo impresionan por su belleza, sino también por su precisión y fortaleza para superar durante años la agresividad del medio marino y las miles de millas navegadas. En el mundo de hoy, en el que imperan otros materiales y los cálculos por ordenador, estos barcos salieron del lápiz de un arquitecto naval y del esmero de un carpintero de ribera, un oficio del que desgraciadamente quedan ya pocos representantes. Los armadores han puesto también de su parte, cuidando con todo detalle estas maravillas del mar para que brillen como el primer día a pesar del inexorable paso del tiempo. Con el fin de conocer algo más de este apasionante mundo, hablamos con Andrés de León, co-armador del Yanira y responsable del proyecto Regatta Experience.

Andrés de León, responsable del proyecto Regatta Experience.

– Empecemos por el mar, el viento y tú, ¿de dónde viene esta relación?

A los 6 o 7 años, no recuerdo exactamente, mis padres me apuntaron en Alicante a un curso de Optimist, un barquito pequeño que parece una cáscara de nuez y que está especialmente pensado para los niños. Navegábamos en la dársena interior del puerto que tenía muy poco tráfico marítimo, hoy sería imposible. Recuerdo que el primer día me subí a bordo y cuando me soltaron en medio del agua apunté directamente hacia la boya, con el viento en contra. El barco iba escorando a uno y otro lado y la vela flameaba tanto que me tuve que quedar agazapado debajo hasta que apareció por ahí la neumática del monitor. Cuando le pregunté si era normal que aquello se moviera tanto y que la vela hiciera tanto ruido me dijo: “si, tú sigue así”. El hecho es que no sé  como pero alcancé la boya de barlovento. Supongo que en la primera clase teórica sobre los vientos y los rumbos no estuve muy atento. Sin embargo, poco a poco fui metiéndome el mar en las venas y desde entonces no he parado.

El Yanira en la costa de Saint Tropez, Francia. Fotografía: Luis Fernández.

– ¿El Yanira es tu barco?

No lo llamaría mi barco. Los veleros clásicos, como el Yanira, escriben su propia historia y se podría decir que es precisamente al revés, que son ellos los que poseen a las personas. “Mi barco”, dicho entre comillas, tiene 68 años, es decir 17 más que yo, y yo soy el noveno armador. De los ocho anteriores sólo vive uno de ellos, el que me lo vendió en 2013. ¿Se podría decir que para todos ellos fue “su barco”? Puede que lo creyeran, pero más bien no era así.

«Los veleros clásicos ofrecen seguramente los mejores momentos de pura vida que una persona pueda disfrutar»

Tanto ellos, como yo, estamos a su servicio o, dicho de otro modo, compartimos respectivamente una parte de nuestro tiempo vital. Una embarcación tan excepcional superará fácilmente el siglo de antigüedad y, a lo largo de todo ese tiempo, irá compartiendo su existencia con las personas para mantenerse y seguir navegando, que es lo que hacen siempre los barcos. A cambio, ofrecen seguramente los mejores momentos de pura vida que una persona pueda disfrutar. He de añadir que desde hace tres años comparto el Yanira con Valérie de Marotte, una apasionada marinera no profesional que se enamoró de esta joya desde la primera vez que subió a bordo para hacer una travesía de Barcelona a Cerdeña con su familia y conmigo. Ella se ha convertido en la décima de la lista de ‘propietarios’ del barco, y tampoco es suyo.

Navegar en un velero clásico es una experiencia de pura vida. Fotografía: Nico Martínez.

– ¿Y cuánto tiempo seguirá en vuestras manos?

Nos encantaría seguir compartiendo nuestras vidas durante muchos años más, pero todo dependerá de hasta qué punto tengamos fuerzas para estar a la altura de sus exigencias, que no son pocas. El anterior armador lo disfrutó durante casi tres décadas, hasta que llegó un momento en el que ya no pudo seguirle el ritmo y por eso lo vendió. Entonces llegó mi turno y después el de Valérie. ¿Cuánto durará? No puedo afirmarlo, ambos hemos dicho que nos encantaría seguir navegándolo hasta que sus nobles maderas cumplan un siglo a flote, allá por enero de 2053. ¡Ojalá! Ya veremos.

El Yanira, en la costa de Barcelona. Fotografía: Guido Cantini.

– En todo este tiempo compartido, ¿cuál es tu mejor recuerdo?

En octubre de 2015, participando en la regata más importante de la temporada, Les Voiles de Saint Tropez, rompimos el mástil. Se quedó a un tercio de su altura. Fue en sí una experiencia horrorosa, no sólo por la violencia de ver explotar, literalmente, un árbol de madera de siete pisos de altura, es que se me partió el corazón al mismo tiempo. Para volver con el barco a España montamos un aparejo de fortuna que nos aguantara dos pequeñas velas durante la travesía de dos días hasta Barcelona, cruzando la esquina noroeste del Mediterráneo. A la altura de las Islas Hyères, justo antes de saltar a mar abierto para cruzar el Golfo de León, nos sorprendió una ciclogénesis explosiva que no había sido anunciada en ningún parte meteorológico. Vientos de 50 nudos -unos 90 kilómetros por hora-, lluvia torrencial tan densa que era como niebla, visibilidad inferior a 100 metros, todo esto pegados a la costa. Las condiciones eran tan ensordecedoras que ni siquiera gritando era posible oírnos a escasos siete u ocho metros de distancia.

«Estas embarcaciones poseen un alto nivel de nobleza en sus entrañas»

Un espectáculo escalofriante, la verdad, y creo que fue el momento más peligroso que había vivido nunca en un barco. Lo recuerdo, sin embargo, con mucho cariño porque el Yanira demostró en esa situación el nivel de nobleza que los veleros clásicos poseen en sus entrañas y cómo devuelven el favor después de tantos esfuerzos cuidándolo para que estén como el primer día. Nos pusimos a correr el temporal rumbo al puerto más cercano y conseguimos gobernar el barco subiendo y bajando olas feroces hasta meterlo por una bocana que no tenía más de 30 metros de anchura que, en aquellas circunstancias, a mí me parecieron diminutos. No sé si habríamos podido realizar semejantes maniobras con un barco moderno, mucho más ligero y con el fondo plano. Aquella súper tormenta inesperada dejó diecinueve personas muertas en la costa mediterránea francesa. Yo ya era un enamorado de los clásicos, pero desde aquel día creo que el barco nos salvó la vida.

Participar en regatas exige a la tripulación trabajar con la misma precisión que el mecanismo de un reloj. Fotografía: Guido Cantini.

– Cada año participas en buena parte de las regatas de la temporada de clásicos del Mediterráneo. ¿Qué es lo que te gusta de la competición?

En nuestro proyecto navegamos con una tripulación diferente e inédita cada vez. Es decir, desde 2013 hemos participado en 34 regatas y nunca hemos sido los mismos. Siempre vamos cuatro profesionales a bordo, pero el resto cambia en cada ocasión. De hecho, hemos navegado con más de 200 personas ya y de 25 nacionalidades distintas. A la gente que viene no le pedimos ningún nivel determinado, tenemos desde veteranos que han cruzado el océano hasta recién iniciados en el deporte de la vela con poca o ninguna experiencia anterior. Pues bien, lo maravilloso de un barco y de una tripulación de regatas es que todo el mundo tiene que contar igual para conseguir los mejores resultados.

«Tripular un velero clásico de competición exige una pasión compartida y trabajar TODOS como el mecanismo de un reloj»

Es como el mecanismo de un reloj, si todos los engranajes están en su sitio y funcionan correctamente, cada uno con su función, la maquinaria funciona con precisión y cumple su cometido dando la hora exacta. En un velero clásico de competición es exactamente lo mismo y a bordo siempre hay posiciones de trabajo de diferentes características y complejidades. Dicho de otro modo, cuando alcanzas la mejor versión de una pasión compartida es cuando logras los mejores resultados. Lo que más me gusta, y puedo decir que me apasiona, es ver cómo, tras dos días de entrenamiento, ese grupo heterogéneo que nos juntamos cada vez puede entrar en regata con más garantías de ser competitivos y optar desde el principio por los primeros puestos de la clasificación. Y ya no diré el último día de navegación, las maniobras más complejas que, lógicamente, tardábamos en ejecutar en las primeras tentativas, acaban realizándose con una velocidad y coordinación asombrosas. Es esta dimensión humana, versátil, variada y solidaria del deporte de la vela lo que más me gusta de mi trabajo. Y los que vienen sienten algo parecido, lo noto en los abrazos de despedida.

Imagen curiosa del Yanira con un avión en vuelo, en Les Voiles D’Antibes, cerca de Niza. Fotografía: Martín Hesbert.

– Y para acabar, ¿algún sueño náutico pendiente?

Esa es la gran pregunta. Pasar un par de años dando la vuelta al mundo en un velero clásico es un sueño que llegará a hacerse realidad un día, sin duda. Pero antes me tienen que dar permiso mis hijos cuando acaben de crecer.

El Yanira llega a la meta, en el interior del puerto natural de Mahón (el mayor de Europa), adelantando a un barco de la marina militar italiana, delante de la isla del Rey. Fotografía: Nico Martínez.

CARACTERÍSTICAS DEL YANIRA

  • El barco es un sloop clásico diseñado en 1952, construido en 1953 y botado el 9 de enero de 1954 en Fredrikstad (Noruega). Su concepción es obra del arquitecto naval Bjarne Aas, quien utilizó para ello la norma internacional ’12 Meter Racer Cruiser’.
  • Un velero único en su clase con más de 60 años de historia deportiva en los campos de regatas del Mediterráneo. Varias generaciones de marineros se han formado en su cubierta, deportistas que después se han integrado en tripulacones como las de Azur de Puig, Bribón o IDEC Sport.
  • El hábitat natural de Yanira es la competición. Desde 2013 pertenece a Regatta Experience, un proyecto que hace posible que cualquier persona pueda vivir la aventura de convertirse en un marinero activo de la tripulación y ayudar a seguir engrandeciendo el legendario palmarés deportivo de este barco.
  • Sloop Bermudiano de 17,85 metros de eslora, 3,80 metros de manga y 2,80 metros de calado. Linea de flotación de 12,0 metros, desplazamiento de 22 toneladas y mástil de 22,5 metros de altura.

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Rafa Monje

Por Rafa Monje