Desde antes de conocerla, siempre creí que Nueva Orleáns estaba protegida por antiguas deidades africanas, extrañas fuerzas sobrenaturales cuyo significado y trascendencia permanecen ocultos para los no iniciados. Cuando los hombres esclavizaban a sus iguales por el color de la piel, significaba para los cimarrones la libertad perseguida. La ocasión por la que valía la pena arriesgar una vida que era un infierno en la tierra. ¿Qué tienes que perder cuándo no puedes elegir tu propio destino?

Nueva Orleáns es también la ciudad bañada por el río literario de Mark Twain, las aguas impresas por las que recreó las andanzas sin edad de Tom Sawyer y Huckelberry Finn. “El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía,” nos enseñó Twain. Yo crecí con sus personajes; compartimos juegos y aventuras. Hasta me enamoré de una chica con tirabuzones que no le gustaba como la vestía su madre. “La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren” (Francis de Croisset). Como toda esa pandilla que nunca aprendió mi nombre yo tampoco quería crecer. El papel concede treguas. La vida no.

LA MÚSICA EN LA CALLE SE VIVE Y SE DISFRUTA EN LA CIUDAD DEL JAZZ

Por las calles y tugurios de Nueva Orleans esquivó la pobreza a golpes de trompeta Louis Armstrong, que ahora da nombre a su aeropuerto internacional, y se entregaron a su alma etílica Truman Capote, William Faulkner o el pintor Degas, cuya casa se abre para el turismo de masas muy cerca de la bohemia prefabricada de Royal Street.

Junto a esta ciudad sonora acecha el lago Pontchartrain. Desde la carretera se divisa como un mar, aunque sin olas. Su quietud es una falsa calma. La trampa perfecta. Nueva Orleáns está edificada dos metros y medio por debajo del nivel del mar, lo que obliga a un complicado sistema de diques, bombas y canales cuya comprensión iguala el misterio de la Trinidad.

Tiene también esta ciudad una pena negra, inmensa, pública, íntima y compartida como el jazz, y una calle carnal consagrada al pecado a la que da nombre la última dinastía de la realeza española. Aquí les dicen “Bourbon” y a su calle “street”, nombres rotulados sobre la manchega cerámica de Talavera de la Reina porque Lousiana fue de Hispania antes de ampliar la Galia y alimentar más tarde las ansias expansionistas hacia el sur del Tío Sam. La Historia es muy dada a estos cambios de cromos.

«Esta ciudad tiene una pena negra, inmensa, pública, íntima y compartida como el jazz»

Bourbon Street reúne en apenas kilómetro y medio uno de los más animados catálogos de pecadores y falsos paraísos para bolsillos domésticos. Cita desde el mediodía hasta la madrugada para borrachos, adúlteros, rameras, trileros, chicas tarifadas e incontables turistas que, en lugar de disfrutar de un momento irrepetible, se entregan a fotografías banales. Antes perdían amistades a su regreso, con sesiones inaguantables con los álbumes en el postre, ahora con Instagram te marean ya antes de llegar.

Nueva Orleans tiene su propio Carnaval, aquí Mardi Gras, y desde sus balcones retorcidos los jóvenes lanzan esperanzados collares a las chicas para que, animadas por nubes de alcohol y deseosas de noches de intercambio, se desprendan de sus ropas en un lienzo digno del Bosco. Es cómo ir de pesca. Aquí el cebo también está vivo. Tanto que colea. Asaltarse los cuerpos junto a los pantanos… ¿quién no lo sueña?

VISTA DEL RÍO MISISIPI, A SU PASO POR NUEVA ORLEÁNS

«A escasos metros del Misisipi, desde la Plaza de España, regalo de la ciudad de Castellón, se adivina la inmensidad del Golfo de México»

A escasos metros del Misisipi se ofrece al descanso del visitante la Plaza de España, regalo de la ciudad de Castellón a esta urbe del estado de Luisiana desde la que se adivina la inmensidad del Golfo de México sobre las tablas de sus barcos de vapor. Ya no hay tahúres ni busca vidas. Ahora ha tomado los mandos una tripulación de iberoamericanos deseosos de empatarse con las hijas sobre alimentadas del cárnico imperio del dólar.

A finales de agosto de 2005 esta ciudad sureña abrió los informativos de medio mundo por culpa de Katrina, que tenía nombre de bailarina rusa o de amante despechada. Sin embargo, en su vientre de éter escondía un arma mortal para el que se cruzara en su camino. Viajaba sin pasaporte desde los Trópicos y los indios ya bautizaron a sus antepasados como huracán, diosa malvada e invisible que fin de verano sí fin de verano también les azotaba sin piedad destrozando sus posesiones y hundiendo sus sueños.

CALLE DE NUEVA ORLEÁNS, CON SUS EDIFICACIONES DE COLORES

Pudo ser peor, pero fue. La ciudad quedó inundada y demolida en parte. Tantas tragedias como muertos, desaparecidos y casas arruinadas. Tras la tempestad, salió a flote, agrandó su leyenda y se conjuró a su alma mestiza. Aún hoy llegan turistas buscando las secuelas como si una tragedia natural fuera un parque temático cuando lo que se perdieron fueron vidas. 1.833 muertos, 107.379 casas inundadas y el 80% de la población de la zona afectada desplazada.

Siempre he creído que Nueva Orleans está protegida por antiguas deidades africanas, que, sin ser nunca sometidas, acompañaron a los esclavos en su viaje desde el infierno hasta esta ciudad soñada que les premiaba con la libertad.

Texto: Jorge Moreta / viajarymuchomas.com