Cuando piensas en un viaje a África no es difícil evocar las imágenes que han sido trasladadas por el cine de galanes engominados, con su cigarrillo de Pall Mall en una mano y con una copa en la otra lanzando miradas arrebatadoras a turbadas jovencitas o de ese Robert Redford recostado sobre una manta en la sabana  mientras corteja a una sifilítica Meryl Strip. Ese mundo creado por Hollywood, incluido el del impresionante viaje de la ‘Reina de África’ ha cautivado la imaginación de los que somos clase media para soñar que, algún día, podríamos remedar alguno de aquellos papeles.

La industria turística ha permitido que aquello, que antes estaba al alcance de unos pocos, pueda ser disfrutado, pandemias aparte, por muchos. Uno de los destinos más deseados por los viajeros es el continente africano. Alguien dijo una vez que o te enamoras u odias África. Yo soy de los primeros y es algo que quiero poner por delante pues, es posible, que mis palabras puedan llevar a equívoco. La fascinación que me produce el continente africano me viene de familia, por ello me duelen especialmente las terribles contradicciones en que se mueven y que van desde la pobreza extrema, a la explotación de sus recursos, incluidos los turísticos, o el terrible salto que supone ver poblados sin luz eléctrica pero que se comunican con teléfonos de última generación para consumir apps que resultan inútiles en su mundo.

En cualquier caso no va este artículo de criticar algo que no está en nuestra mano resolver si no de hablarles de la enorme maravilla que se oculta en uno de los Parques Nacionales más impresionantes que tiene Tanzania: el cráter del Ngorongoro. Puede que para el lector esto ya sea una sorpresa pues el parque se encuentra en el cráter de lo que fue un antiguo volcán que estalló hace millones de años dejando al descubierto una caldera de 21 kilómetros de diámetro, rodeada de una impresionante cordillera montañosa, en la que la fauna y la vegetación conviven con lagunas de agua dulce y de aguas sulfurosas que todavía expulsan al aire los vapores de las reacciones químicas que se forman en su interior.

El leopardo es uno de los animales que integran el ‘big five’ de los parques de Tanzania.

«Los Big Five son los cinco grandes animales que pueden verse en las reservas: león, búfalo, leopardo, elefante y rinoceronte»

En Tanzania abundan los grupos de elefantes.

El acceso al parque se realiza después de atravesar las tierras de los Massai desde la llanura del otro gran parque tanzano, el Serengueti. En nuestro caso el objetivo de ir a N`Gorogoro, además de completar un periplo por los parques de Tanzania, era el de lograr localizar al único de los Big Five que se nos había resistido hasta aquel momento. Para quien no lo sepa, los Big Five son los cinco grandes animales que pueden verse en las reservas y que son el león, el búfalo, el leopardo, el elefante y el rinoceronte. Este último se nos había mostrado esquivo y nuestra última oportunidad se encontraba en el enorme cráter volcánico.

Un hipopótamos, en su medio natural: los ríos.

Después de abandonar las llanuras en las que los masai crían sus enormes manadas de vacuno y venden sus cachivaches a los turistas, comenzamos a ascender por una carretera de tierra que, a nuestro paso, levantaba tal cantidad de polvo anaranjado que impedía ver sus márgenes lo que, dado su desnivel, era poco recomendable. La pericia de nuestro conductor del 4X4, Jackson, permitía afrontar con cierta seguridad aquel ascenso que, de otra forma, podría haber terminado con nuestro vehículo encima de alguna de las chozas de los poblados que se situaban, de forma aislada, en las laderas.

Un massai, en pleno descanso. Fotografía: Francisco Javier Carrera.

Nuestro destino era un Tended Camp, el único en el que es posible acampar dentro del parque, que se sitúa en la cima del cráter. Una vez llegamos fuimos recibidos por los rangers que se ocupan de su vigilancia que, Kalashnikoff en mano, nos dieron a conocer las normas de seguridad para evitar ser atacados por alguno de los animales que campan a sus anchas por allí. A pesar de que el campamento alejado de la caldera no es infrecuente que los animales que se encuentran abajo, atraídos por los olores de las cocinas, tiendan a acercarse para ver qué se cocina por allí. (Permítanme la broma). A través de una senda que se alejaba de las tiendas podíamos acercarnos al borde del cráter y ver la enorme superficie que ocupa el parque. El cielo estaba azul y unas ligeras nubes se movían por encima de las montañas mientras el sol caía. La temperatura empezaba a caer y, como es habitual al anochecer, se situaría en torno a los cuatro grados. Después de cenar dormimos en la tienda. Durante toda la noche tuve la sensación de que me iba a caer dentro la caldera. No era un sueño. El terreno estaba ligeramente inclinado y la cama, si han leído bien: cama, tendía hacia nuestro objetivo de la mañana siguiente.

Los atardeceres en Tanzania son espectaculares.

El desayuno se servía a las cuatro de la mañana. Es habitual que en un safari haya que madrugar pero en este caso más si cabe pues el descenso hasta la caldera se hace por un impresionante camino de piedra suelta con un desnivel medio del quince por ciento que lleva algo más de una hora y que, una vez más, puso a prueba la pericia de Jackson. Cuando llegábamos empezaba a romper el sol dejando que sus rayos atravesaran las nubes como si fueran dedos de Dios llamando a los animales a despertar. El frío de la mañana y la lluvia iban dejando paso a una temperatura ligeramente más agradable y  a nuestra izquierda un chacal rastreaba en busca del desayuno.

«Todo está rodeado de sendas por las que los animales entran y salen»

Avanzamos por la caldera por cuyo suelo terroso nos desplazábamos hacia un frondoso de extraños baobabs en los que esperábamos comenzar a buscar nuestro objetivo. Pronto comenzamos a ver pequeños grupos de gacelas, cebras, jirafas, elefantes…leones. Todo dentro de lo esperado pero sin rastro de nuestro último big. La pregunta que nos hacíamos era por dónde podrían entrar los animales pues, aparentemente la caldera estaba cerrada por la cadena montañosa que la rodeaba. Era solo apariencia pues todo está rodeado de sendas por las que los animales entran y salen aunque, por sus características, el N`Gorogoro forma un ecosistema cerrado y único en el que conviven especies vegetales y animales que no se encuentran en otros lugares de África.

El león, otro de los 5 ‘big five’ de los parques naturales de Tanzania.

Rodeamos los límites de la caldera hasta un lago central que sirve de punto de reunión para todos los visitantes del parque. A pesar de lo agreste del lugar, del viento que en aquel momento nos azotaba, de la vegetación, del impresionante que nos rodeaba, no dejaba de sorprender la cantidad de personas que nos habíamos reunido allí lo que me conduce a la reflexión que apuntaba al principio: hoy casi todo está al alcance de cualquiera lo que hace necesario que haya normas estrictas para evitar que esos santuarios sean profanados más de lo deseable.

Después de satisfacer las necesidades biológicas, esas que son comunes a todas las especies animales, en lugares habilitados a tal fin volvimos a nuestro 4X4 con el firme propósito de continuar la búsqueda. Atravesamos un arroyo en el que, a un lado, un grupo de jóvenes leones jugaban y dormitaban esperando, posiblemente, la llegada de sus madres con alguna captura. Al cabo de unos minutos el crujir de la emisora de radio nos trajo un mensaje de otro guía: Un rinoceronte caminaba en solitario por el cauce de un riachuelo a unos novecientos metros a nuestra izquierda. Jackson desvió la trayectoria del vehículo y, de pie con mis prismáticos, comencé a barrer la zona para ver si podía dar con él. No podíamos verlo. Nos acercábamos despacio al cauce que nos habían dicho pero no estaba. Jackson avanzaba despacio por si se encontrara oculto en la vegetación cercana. No había nadie más en su búsqueda lo que era un gran alivio para nosotros. Silvia, mi mujer, vio moverse algo a lo lejos. Enfoqué mis binoculares y allí estaba. Un enorme rinoceronte gris iba zigzazeando cambiando de dirección como intentando despistarnos. Armado con mi cámara de fotos fuimos aproximándonos mientras iba haciendo disparando fotograma a fotograma con el fin de lograr la mejor instantánea. Por fin habíamos alcanzado nuestro objetivo y había tenido que ser en aquel cráter.

Tanzania
El rinoceronte, rey de la llanura de Tanzania. Fotografía: Francisco Javier Carrera.

Llegó la hora de partir hacia Dar el Salam subiendo por otro camino hacia un mirador situado en la zona superior donde hay una placa homenaje a todos quienes han dado su vida por preservar la naturaleza en su estado salvaje. Nuestro camino hacia la ciudad tanzana lo hicimos comentando todo cuanto habíamos visto: un lugar que nació como un volcán pero que la naturaleza convirtió en un paraíso.

Por Francisco Javier Carrera (autor de ‘La Tierra de los Corazones Negros’ y ‘El Secreto de Marcel’)

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