Los platos de cuchara y postres tradicionales de Semana Santa han sido de los que más se han perpetuado a lo largo del tiempo y no es difícil verlos tanto en estas fechas como en otros momentos del año, tanto en las casas como en restaurantes

Las abuelas de siglos pasados salvaron las prohibiciones cristianas que impedían comer carne -fuente de proteína- en Cuaresma y Semana Santa sin contar con conocimientos tecnológicos ni científicos, pero sí con mucha sabiduría popular

La cocina de Semana Santa es quizá una de las cocinas del año que más se ha visto influenciada a lo largo de la historia por la tradición cristiana. Incluso en nuestros días, en los que ya se han actualizado enormemente la cocina, las tradiciones e incluso las creencias, es fácil seguir viendo en casas y restaurantes elaboraciones que siempre han sido típicas de estas fechas.

No hay que olvidar que, aunque para muchos la Semana Santa no sea más que uno de esos momentos del año en los que poder disfrutar de unos días de vacaciones, la esencia esos días responde a una conmemoración religiosa, la pasión de Cristo. Y uno de los preceptos marcados en su día por la Iglesia fue la abstinencia de algunos alimentos, impulsando no comer carne ninguno de los viernes de Cuaresma (cuarenta días previos a la Pascua), ni el miércoles de ceniza, ni el propio Viernes Santo.

El refranero popular, que es muy sabio, nos dice que “Quien bien come, bien trabaja”. Si tenemos en cuenta entonces que en siglos pasados la mayoría de la población vivía y trabajaba en el campo, con interminables y duras jornadas de sol a sol en las que la alimentación debía ser necesariamente consistente y proteica para generar grandes aportes de energía al cuerpo ¿Cómo salvaron aquellas abuelas (lo de cocinar los hombres por desgracia se estilaba aún muy poco) el inconveniente de prescindir de las carnes rojas y blancas de las dietas? Pues en aquellos tiempos no había tecnología, pero sí sabiduría popular.

Seguramente aquellas abuelas no sabían que la proteína de las legumbres es excelente, pero tiene el problema de que no es una proteína completa, como la de la carne, que sí tiene todos los aminoácidos esenciales. Y seguramente tampoco sabían que el aminoácido que le falta a la proteína de las legumbres sí lo tienen los cereales, y que si mezclas garbanzos con arroz consigues una proteína completa, la misma que la de la carne.

Seguro que no lo sabían, aunque habrían oído a alguna vecina aquello de “un garbanzo no hace puchero, pero ayuda al compañero”. En todo caso, y aquí está lo que me parece fantástico de la sabiduría popular en la cocina, un buen día de Cuaresma, aquellas abuelas decidieron meter un puñado de arroz a un sencillo guiso de garbanzos y…¡Chantatachan!… a pesar de no poder comer carne, en su puchero había un potaje con la misma proteína completa que aporta la carne, capaz de generar la energía suficiente al organismo. Luego le añadieron alguna verdura y algún trocito de huevo duro (más proteína), y ahí tenemos el Potaje de vigilia, uno de los platos más tradicionales de Cuaresma y Semana Santa, que fortalecía de igual manera los cuerpos todos aquellos viernes en los que no se podía comer carne. Seguramente que se sentirían con energía suficiente al meterse aquel puchero al cuerpo, y eso les valía, no necesitaban constataciones científicas. Si se daba el caso de que eras un poco pudiente, le metías alguna lasca de bacalao o similar para completar un grandioso plato de invierno que revitaliza siempre.

Potaje de vigilia, un plato tradicional en Semana Santa.

Estas complementaciones nutricionales no son ajenas tampoco a los postres tradicionales de esas fechas ya que, ante la falta de carne y de la proteína que aporta, pues a cargar el saco de hidratos de carbono, que aportan al cuerpo la misma energía que las proteínas, 4 Kcal por gramo. Y en los dulces aparecieron con fuerza azúcar, miel, harina o pan. Todos ellos, acompañados de los siempre fundamentales huevos, crearon delicias como pestiños (imagen principal), filloas, torrijas, monas de pascua, buñuelos o rosquillas.

Seguramente la más extendida sea la torrija, un postre de aprovechamiento porque “al hambre no hay pan duro”, que es precisamente lo que hace falta para hacer unas torrijas al estilo más tradicional, pan del día anterior. Aunque en la actualidad el mundo de la torrija es ya muy variopinto y nos podemos encontrar en algunas pastelerías y restaurantes diferentes exquisiteces con presentaciones fantásticas, infusionadas con ingredientes grandiosos y extraños y realizadas con panes que hace tan sólo unas décadas ni conocíamos, aquí vamos a ofreceros una de las recetas más tradicionales de las muchas que hay, la receta que han elaborado muchas de nuestras abuelas toda la vida, para que si no las habéis hecho nunca os animéis.

Torrijas, al estilo de nuestras abuelas.

Torrijas tradicionales

Ingredientes:

  • Una barra de pan de miga consistente del día anterior
  • 1 litro de leche
  • 1 rama canela
  • 100 gr azúcar
  • 4 huevos
  • 300 ml aceite girasol
  • 100 gr miel

Preparación:

En una cazuela ponemos la leche con la rama de canela y el azúcar. Removemos para que se integre el azúcar y ponemos a fuego medio. Cuando hierva un minuto se retira del fuego, se tapa con papel film y se deja infusionar hasta que la leche haya perdido temperatura y esté templada.

Mientras, cortamos la barra de pan en rebanadas de unos 2 centímetros para formar las torrijas y las disponemos sobre una fuente unas junto a las otras.

Cuando la leche ha perdido temperatura la volcamos sobre las rebanadas de pan para que la absorban y se empapen bien. A los 30 minutos damos la vuelta a las rebanadas para que empapen bien también por el otro lado y las dejamos otros 30 minutos. (Si pasado este tiempo tocamos el pan y no está blandito, lo dejamos más tiempo, ya que la capacidad de absorción va a depender del tipo de pan utilizado).

Calentamos el aceite en una sartén y batimos los huevos en un bol.

Escurrimos las rebanadas para que suelten exceso de leche, las pasamos por el huevo y las freímos por ambos lados hasta que estén doradas.

Las colocamos sobre papel absorbente para que sequen bien y las disponemos sobre una fuente, regándolas por encima con la miel o, si se prefiere, adornándolas con azúcar.

¡Qué aproveche!

viajarymuchomas.com

Miguel Sanz

Por Miguel Sanz