Alas de ángel

Por Rafael Pontes Velasco

Si compras una tarta, en Paris Baguette te regalan alas de ángel. Al verlas, purísimas en su blanco artificial, no pensé en que se trataba de la estrategia comercial del día. Esta vez me acordé de mi profesora de yoga, una mujer de mediana edad que sonreía con tímida pulcritud y hablaba con sabia serenidad. No pude resistirme al gancho propuesto por la pastelería, ilusionado como estaba con la idea de agradecerle a la maestra sus clases mágicas y envolventes.

¿Cómo se llamaría? No sabía suficiente coreano para preguntárselo y, en cualquier caso, debía referirme a ella por el tratamiento de respeto: seonsaengnim (“maestro,a”). ¿Le gustaría el regalo? ¿Lo vería atrevido? ¿Entendería que tan solo quería decirle que nunca había visto a nadie como ella y que me la imaginaba como un ángel?

«Los estiramientos en Corea son una rutina tan asimilada y básica que todavía no sé por qué no la hemos adoptado como axioma en Occidente»

wEn 2004 no había muchos extranjeros en Seúl y, desde luego, no abundaban los que se apuntaban a yoga. En España siempre había destacado por tener más flexibilidad que la mayoría de mis paisanos y sorprendía a los demás con mi impecable posición de loto, pero en el gimnasio de Corea era sin duda el más rígido de movimientos. Notaba la preocupación de la profesora, o más bien percibía la pena y condescendencia que tanto ella como mis compañeros sentían por mi torpeza física occidental. Los coreanos pueden comer en cuclillas, sin experimentar ninguna dificultad, con los dos pies firmemente apoyados en el suelo. Sea por la genética, sea por la costumbre de vivir más cerca de la tierra, o por algo tan mundano como tener las piernas más cortas en proporción con el resto del cuerpo, el caso es que los estiramientos en Corea son una rutina tan asimilada y básica que todavía no sé por qué no la hemos adoptado como axioma en Occidente.    

Más tarde me daría cuenta de que todo lo que en España se califica con un 10, en Corea apenas alcanzaría el 5. No es solo que – en general – las tareas se hagan mejor y más rápido; es que existe tanta competencia, el nivel de excelencia es tan alto, la exigencia está tan naturalizada, que no queda otra opción que situar la línea de los requisitos mínimos en un extremo apenas asimilable para cualquiera de nosotros. Deben de mirarnos con compasión cuando perciben que nuestra capacidad de trabajo es tan baja, cuando tardamos días en hacer lo que ellos terminan con eficacia en pocas horas.

Pero volvamos al regalo. Se lo di con humildad después de la clase y ella lo recibió con no menos modestia. Por supuesto, lo tomó gentilmente con las dos manos, como debe hacerse en Corea. También yo le entregué las alas angélicas con ambas manitas, consciente de que emplear solo una no sería lo suficientemente respetuoso ni ceremonioso ni considerado con el valor del acto en sí. Entregarlo con la mano izquierda o dejarlo en un lugar aparte habría sido interpretado como un insulto; de hecho, nada en esta nación oriental debe darse ni recibirse con la siniestra.

«No vi malas caras en el gimnasio, quizá no tanto por la cortesía con que suele tratar a los foráneos como por el talento para apreciar la belleza de lo simple»

Las alas le proporcionaron alegría y un poco de sorpresa. En ningún momento hubo rechazo ni indignación ni sospecha de las intenciones de este joven forastero. La inocencia, la gratitud, la dulzura y las sonrisas se manifestaron con naturalidad. Ella quiso que nos tomásemos una foto y tal vez, no recuerdo con exactitud, completamos la instantánea con un corazón formado por el gesto de fundir en uno nuestros brazos arqueados en dirección a nuestras cabezas. No vi malas caras en el gimnasio, quizá no tanto por la cortesía con que se suele tratar a los foráneos como por el talento para apreciar la belleza de lo simple. Una anécdota casi infantil en una sociedad altamente competitiva, un instante de fantasía en medio de las ocupaciones laborales.

Los crecimientos son relativos. Tan niños para unas cosas, tan adultos para otras, los coreanos y yo no dejaríamos de retroalimentarnos torpe y profundamente durante años. Todavía los estoy coronando con alas de ángel, repleto de soberbia y de admiración, de amor y de envidia. Una comunicación que intentaré restablecer desde España, con la distancia que ayuda a apreciar lo que se ha perdido y con la cercanía que propicia el recuerdo. Más vale tarde que nunca, más vale lejos que en otra dimensión.

Retrato de Rafael Pontes realizado por la pintora coreana Cha Eun Ah.

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