Militares con una misión: aprender español

Desde septiembre de 2012 hasta diciembre de 2020 trabajé como profesor de español para la institución KDLI (Korea Defense Language Institute), escuela de idiomas ubicada en una zona rural de la provincia de Gyeonggi y perteneciente al Ministerio de Defensa de Corea del Sur. En ella, los oficiales militares (desde tenientes hasta coroneles) se organizan en distintos grupos para estudiar alemán, árabe, chino, español, francés, inglés, japonés, malayo, ruso o turco. Los militares extranjeros, por su parte, aprenden coreano. La mayoría de los estudiantes proviene del campo, lo que denota unos orígenes humildes que combinan bien con la altura del rango que han adquirido.

Viví en KDLI una experiencia inolvidable. Residía cerca del campus militar, en una urbanización relativamente apartada de los privilegios de la ciudad. Daba clases por la mañana y por la tarde, intercaladas por un veloz almuerzo con los alumnos en el comedor de la escuela. Los coreanos son rápidos y eficaces para casi todo, por lo que su operatividad se amplía si además son militares. En todo momento me sentí cuidado por personas responsables, en las que podía confiar plenamente. La franqueza y la modestia eran algunas de sus virtudes más destacadas.    

El injusto rechazo o desprecio que sufren por una parte considerable de la sociedad coreana, que no duda en recriminar los impuestos destinados a la defensa de un país oficialmente en guerra con Corea del Norte, contrasta con sus habilidades extraordinarias. Entre ellas no solo resalta su elevada inteligencia, sino también su intensa preparación física, su conocimiento especializado de todo tipo de vehículos, su experiencia en ámbitos tan dispares como las estrategias psicológicas de deducción o el salto en paracaídas. En este sentido, es obligatorio que los oficiales posean el cinturón negro de taekwondo, la disciplina marcial idiosincrásica de la nación. Para ellos es lo más natural del mundo contar con esta destreza y, de hecho, suelen hablar más de lo que les falta por aprender que de lo que saben.    

Los oficiales militares de Corea del Sur deben tener el cinturón negro de taekwondo.

A no pocos universitarios españoles les gustaría redactar textos en español con la corrección y la exactitud con las que escribían algunos de mis militares coreanos, pese a que ninguno de ellos superó los diez meses de estudio del idioma. La durísima educación que se ofrece en las fases preuniversitarias, especialmente en el bachillerato, fructifica en el alto nivel cultural de la población coreana. La mayoría de los surcoreanos ha completado una educación exigente que contribuye a su claridad mental y lógica, así como a la brillantez con que organizan sus ideas por escrito. El dominio de su idioma y el conocimiento profundo de otros (sobre todo el chino y el inglés) les ayudan a escribir bien y a aprender concienzudamente otras lenguas.

La memoria de mis antiguos alumnos es prodigiosa. Recuerdo que los instructores coreanos les pedían que memorizasen cien palabras españolas por semana, así como que presentasen textos propios sobre diversos temas cada mes y medio. Realizaban sus exposiciones orales en español con soltura, a menudo sin apoyarse en ningún papel. Su constancia y su esfuerzo me dejaban maravillado. Su misión era aprender español y se la tomaban muy en serio.  

Durante la educación secundaria, los adolescentes coreanos apenas duermen. Ocupados como están con los demandantes cursos, las numerosas tareas, las actividades extra académicas (música, dibujo, deporte), las clases de refuerzo en academias privadas (inglés, matemáticas), etc., les resulta casi imposible granjear experiencias que vayan más allá del entorno educativo. Esta disciplina se traduce en que llegan a la universidad prácticamente como si fueran niños desde el punto de vista emocional y vivencial, pero con una madurez intelectual envidiable.

Mis alumnos y alumnas militares me enseñaron mucho más de lo que yo pude transmitirles. Abrieron mis horizontes, me libraron de muchos prejuicios y me sorprendieron día tras día con su sensatez, su capacidad de sacrificio y su responsabilidad. Mi deber es recordarlos.   

Por Rafael Pontes Velasco

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