Enemigos de lo ajeno

En Corea no se roba. Si estás en un restaurante, puedes ir al baño y dejar en la mesa tu abrigo, tu bolso, tu cartera e incluso tu tarjeta de crédito. Si has olvidado cualquier objeto a cientos de metros de distancia de donde estás, podrás volver sobre tus pasos y encontrar intacto lo que creías perdido. Si se te ha caído el móvil al suelo mientras huías de la lluvia, lo más probable es que alguien lo recoja y llame al número que más frecuentes para que puedas recuperarlo. Los coreanos saben que las cosas de los demás no son suyas y no se las llevarán. Bien pensado, lo extraño es que en España tengamos que vigilar nuestras pertenencias – en todo momento – en cuanto salimos a la calle. Lo inusual debería ser la inseguridad, el miedo a que te arrebaten lo tuyo, la sustracción indiscriminada de lo ajeno.

La costumbre de no apropiarte de lo que no te pertenece posee una doble – o triple – lectura. Por un lado, tenemos el sentido común y la solidaridad que se establece con el colectivo. Los coreanos piensan que forman parte de una gran familia, por lo que resulta natural que a nadie se le ocurra robar a su hermano. Si Corea es el hogar familiar, no se tocará lo que hayas dejado en cualquier rincón de la casa y se respetará el tiempo que tardes en recobrarlo.

Por otro lado, tenemos la educación recibida y la estabilidad económica. Los comportamientos antisociales están muy mal vistos y, además, no son necesarios. De nuevo, estamos ante un ejemplo en el que el concepto de utilidad se impone sobre todos los demás. ¿Qué sentido hay en delinquir cuando existen otras opciones más prácticas y provechosas para ganarse la vida? 

Por un tercer lado, tenemos las cámaras que observan explícitamente casi todas las esquinas del país. El temor al castigo, traducido en la dureza extrema que se experimenta en las cárceles, hace que se piense más en las consecuencias negativas a largo plazo que en la satisfacción inmediata. No vale la pena arriesgarse a sufrir el escarnio social, el aislamiento ni las golpizas que esperan al ladrón en Corea. Uno puede quedar marcado de por vida por un acto malvado, en especial si tenemos en cuenta que los coreanos tienden a murmurar y que es posible que el chisme que comparten dos acaben por saberlo todos.

Los coreanos, y también los japoneses, son las principales víctimas de los robos en España. Son el blanco fácil del caco, cuya cobardía le incita a aprovecharse de que estos turistas orientales no están acostumbrados a preocuparse permanentemente por lo que llevan encima. De hecho, cuando hablaba con los coreanos sobre España, más de una vez destacaban la abundancia de ladrones en mi tierra de origen. Esa es la fama que tenemos, no del todo inmerecida. Aunque también saben que España es un país con calidad de vida y, en general, habitado por gente estupenda.

Esto no quiere decir que en Corea no haya estafas – sobre todo telefónicas – ni corrupción – sobre todo política. También existen las mafias y las zonas peligrosas. Pero la delincuencia no abunda ni es una constante presupuesta en los lugares turísticos ni en las zonas residenciales. Para los que hemos sido atracados en el portal de nuestra casa en la misma ciudad natal o para las mujeres que – con razón – tienen miedo de salir solas por la noche, resulta sumamente relajante saber que existe un país donde puedes caminar sin temor. Un país en el que, a pesar de las prisas y el estrés, disfrutarás de la tranquilidad de que no te quitarán nada.    

Por Rafael Pontes Velasco

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