Una lengua aglutinante

El coreano es una lengua aglutinante, como el euskera, el japonés o el turco. Esto implica que a las raíces de las palabras se les añaden elementos que modifican su sentido. Estos elementos, que podemos llamar sufijos, aportan la información gramatical más relevante: tiempo verbal (pasado, presente o futuro), número (singular o plural), contenido relacional que en español expresamos mediante preposiciones (“a”, “de”, “en”)… Los sufijos se aglutinan en la base de cada palabra, contribuyendo así a la construcción de oraciones. No existe el género gramatical en coreano, por lo que la información léxica (el significado de las palabras) debe precisar si el referente sexuado al que alude el lenguaje es femenino o masculino.

Otro criterio formal interesante por el que podemos clasificar las lenguas consiste en dividirlas en analíticas o sintéticas. El inglés, por ejemplo, es un paradigma de las analíticas porque cada una de sus voces es inmutable (en este sentido, empleamos distinto número de palabras para diferenciar Seoul de in Seoul). El coreano es sintético, ya que en un solo término se reúnen varios componentes: basta un vocablo – como 서울에서, donde 서울 es la base que significa Seoul y에서 el afijo que puede traducirse como in – para expresar lo mismo.

Las obras narrativas y ensayísticas se distinguen por su carácter analítico, mientras que la poesía es sintética por naturaleza. Lo poético se sustenta en la máxima de decir lo máximo con lo mínimo, como una imagen o un silencio que vale por mil palabras. Como hoy, 21 de marzo, celebramos el Día de la Poesía, quizá se me permita afirmar que el lenguaje coreano construye  –de modo natural– pensamientos poéticos en sus hablantes.

Cuando daba clase de español a estudiantes coreanos, no dejaba de sorprenderme por sus hallazgos metafóricos. En muchos casos, estos aciertos líricos no eran más que traducciones literales de las expresiones que usaban cotidianamente en su idioma. También me fascinaba la cantidad de información que intentaban transmitir con pocas palabras, así como el dilatado tiempo con el que nos demorábamos los españoles para pronunciar lo que los coreanos – en una traducción fiel – decían en un plisplás. Dado que los vocablos coreanos son más cortos que los españoles y los contenidos gramaticales se expresan de manera sintética, son menos los segundos requeridos en coreano para articular una oración que contenga idéntica información en español. Esto supone, casi por necesidad, un pensamiento más rápido, flexible y ágil que el nuestro.      

Cuando el lenguaje predispone a la poesía, el talento artístico y la inteligencia van de la mano y se forja un pueblo sensible a las artes, las letras y el humanismo. Por eso me da pena que en tantas ocasiones no suceda así y que, por ejemplo, en Corea se valoren las obras pictóricas en función del precio que tienen en el mercado en vez de por lo que constituyen en sí mismas. Se intuye que este cambio de lo poético a lo práctico, en la mentalidad coreana, ha provocado que, tras el difícil camino de la modernización, se haya perdido algo.

Con todo, creemos que la poesía, aplastada por las guerras más cruentas y por el capitalismo más despiadado, sale a flote a través de la síntesis. Como lo prueban los mejores exponentes del cine coreano o la brillante literatura que tanto desconocemos, está llegando el día en que lo aglutinante, como una explosión poética traducida en las imágenes de los artistas plásticos o en las melodías de los músicos, dará luz a más luz.  

Por Rafael Pontes Velasco

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