A 60 kilómetros del corazón de Valencia, se encuentra esta población del interior de la provincia que merece conocerla o redescubrirla

¿Te gusta salir al campo a descubrir nuevos parajes? O, ¿retornar a los ya conocidos? ¿Haces senderismo?  ¿Escalada? ¿Viajas en camper? Sea cual fuere tu motivación, Chulilla es tu destino. Una singular población del interior de Valencia que bien se merece un fin de semana… y un permanente regresar para seguir disfrutándola y redescubriéndola.

La primera vez que pateé Chulilla, en la comarca de los Serranos, a tan solo 60 kilómetros del corazón de la ciudad de Valencia, me atrajo especialmente su castillo. Aunque no está lo conservado que se merece, la fortaleza contempla, protectora, la población, desde el promontorio. A su espalda, un inmenso e inexpugnable cerro, por donde zigzaguea, el Turia. El mismo río que ahogó las vidas de 81 personas, cauce abajo. La riuà del 14 de Octubre de 1957… pero ésa es otra historia.

El castillo de Chulilla, al fondo. Fotografía: Rafael de Otero-Sevilla

Las huellas de su herencia son aún muy evidentes. Desde el aljibe romano a la profunda huella musulmana, hasta que Abu Zaid, el último gobernador almohade de Valencia, lo entregara, en 1236, al obispo de Segorbe, Guillermo Eximeno (no olvidemos que cuatro años antes se había convertido al cristianismo y pasó a llamarse Vicente Bellvís). Doce años después, Jaime I dona «castrum et villam de Xulella» a Pere Escrivá. En 1274 se crea la Baronía de Chulilla. Su nuevo propietario es el Obispo de Valencia. Frontera posterior, en 1379, en las guerras con Castilla. Tuvo un importante protagonismo en el Siglo XIX, durante las guerras carlistas, al ser ocupado por el general Cabrera.

Declarado Monumento Histórico Artístico en 1981, acoge al visitante en un estado semirruinoso. Aunque apetece recorrerlo, desde el arco de medio punto por el que se accede, y puerta con matacán almenado. Recorrer la fortaleza hacia la torre en forma de esquina, al norte de la prolongada muralla, con piso inferior abovedado. Cuentan que desde aquí partía un pasadizo que permitía la huida en situaciones de asedio.

Toda población, como cualquier ser humano, es rehén de sus luces y sombras. El eterno y contrapuesto yin y yang… Unas sombras que arribaron el 24 de septiembre de 2012 con un devastador incendio que se llevó por delante 5.500 hectáreas del otrora pulmón verde valenciano. Originado en una pequeña subestación eléctrica a las afueras de la localidad, obligó al desalojo de las poblaciones de Chulilla, Gestalgar, Pedralba, Sot de Chera y Bugarra. Sin embargo, las bellas y estrechas calles de Chulilla que patearás impidieron que los camiones de bomberos pudieran atravesar la población y actuar con mayor rapidez.

Un pueblo ejemplar con su patrimonio natural

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El restaurante Las Bodegas aglutinó el sentimiento popular de un municipio que vio en septiembre de 2012 como 5.500 hectáreas de su pulmón verde eran pasto de las llamas. Una olla chuliense, dos meses después, en la plaza de la Baronía, logró el éxito solidario. Fotografía: Rafael de Otero-Sevilla.

A un gran mal, un buen remedio. Pequeño. Simbólico. Las luces. Hecho de corazón. Unas gotas de jovial ánimo en la inmensidad del océano. Dos meses exactos después del incendio, la Plaza de la Baronía, eje sobre el que pivota la población, fue el epicentro de una gran expresión de solidaridad. El Restaurante Las Bodegas aglutinó el sentimiento popular, organizando una comida benéfica con el objetivo de recaudar fondos para recuperar el patrimonio natural quemado. El plato elegido, la olla chuliense. A él se sumaron centenares de personas, instituciones y empresas. Desde el Ayuntamiento de la localidad al Balneario de Chulilla (en la actualidad duerme el sueño de los justos, abandonado).

Paraje natural junto a Chulilla. Fotografía: Rafael de Otero-Sevilla.

La misma plaza, donde se celebró el acto solidario. Y calles adyacentes, que se han tornado, en ocasiones, intransitables durante fines de semana y vacaciones. La huida de los encierros durante el confinamiento, y los miedos a más, de personas que han buscado aire puro… Y se han topado con grandes atascos humanos para disfrutar de un enclave natural, como el Charco Azul. Y ausencia de distancia social. Mascarillas arrojadas impunemente por los senderos… insolidaridad a raudales de unos pocos. Empero, los poco más de 600 habitantes recuperan su tranquilidad durante la semana. Momento ideal para visitar la población, si tienes oportunidad. Para calzarte las botas y ayudarte de bastones. Para deleitarte en rutas que te llevarán por abruptas zonas montañosas, las hoces del Turia y campos frondosos. A pasear. Descubrir. A disfrutar.

CON BOTAS DE MONTAÑA, MEJOR

¿Por dónde empezamos? Por donde quieras. Cualquier ruta te encantará. Y las hallarás muy bien señalizadas, como suele ocurrir en las de la Comunidad Valenciana. Antes de iniciar el camino, por pequeño que sea, ve bien pertrechado. Que no falte en tu mochila protector solar, agua, frutos secos, algún plátano y, si hace mucho frío, chocolate. Y tráete de vuelta, por favor, cualquier residuo que generes.

Canal del Turia. Fotografía: Rafael de Otero-Sevilla.

El vertebrador Turia nos muestra unas hoces que se han ido labrando a lo largo de miles de años. Su espectacular cañón es el eje de la ruta de los Puentes Colgantes. La ruta que seguían los obreros que trabajaban en la construcción el embalse de Loriguilla. Los puentes colgantes actuales, que datan de 2013, rememoran aquellos que se llevó la riada en 1957. Conocida también como Ruta de los Calderones o Senda de los Pantaneros, encontrarás en tu recorrido vías de escalada y alguna vía ferrata, hasta llegar a la presa de Loriguilla. No olvides que Chulilla es paraíso de escaladores. O catedral de la roca, de roca caliza. Hay más de 50 sectores en el cañón del Turia, en Cherales y Fantasía, con sus placas técnicas y gran variedad de grados.

Chulilla es también un paraíso para los escaladores

Tras una buena caminata, toca reponer fuerzas. Tenemos varias y suculentas opciones. Desde el Hostal Restaurante El Pozo, donde también podremos hacer noche, al Restaurante La Rueda o Las Hoces del Turia. Hoy acudimos al Restaurante Las Bodegas, a 4 kilómetros de Chulilla, en la pedanía de Las Bodegas de Vanacloig.

Arroz meloso. Fotografía: Rafael de Otero-Sevilla.

Antonio Sola, su alma máter, formado en Chantilly, París, con el referente de Paul Bocuse y su cocina de mercado, lleva más de 40 años entre fogones. Elaborando una cocina tradicional puesta al día. O cocina con sabor. Con clásicos reinventados y actualizados, como el Purito Crujiente de Ajo Arriero, que no puedes dejar del probar. O el huevo poché, actualizado permanentemente. Valencia es tierra de arroces. De los mejores y de otros innombrables. Las Bodegas ofrece una corta y buena selección. Diferente. Sugerente. Puedes decantarte por el arroz meloso de jabalí o el cremoso de gallo de corral con su cresta. Riquísimos ambos.

UN ESFUERZO MÁS

Durante la tarde, una vez recuperados del esfuerzo matutino, podemos embarcarnos en la ruta que nos llevará hasta el Charco Azul. Una ruta circular en la que nos imbuimos del Cañón del Turia y del sinigual remanso de agua que nos aporta el Charco, una piscina natural en la que, si el tiempo lo permite, podrás darte un buen baño. De camino asoma, en lo alto, la Cueva del Gollisno. Y, encima de ésta, la Cueva del Tesoro. Transitamos, abajo, por la parte de atrás donde se encarama el castillo. Por Trascastillo.

La gastronomía de Chulilla no te deja indiferente. Exquisitez culinaria con huevo. Fotografía: Rafael de Otero-Sevlla.

Otra ruta, con la disfrutarás, es la que te lleva directamente a la Cueva del Gollisno, donde se guarnecían, antaño, pastores y ganado. Recoge las aguas de la Punta y, en época de lluvia, nos permitirá disfrutar del espectáculo de su cascada. Un recorrido por el que arribas a la Cueva del Tesoro. No perderemos tampoco la oportunidad de ascender a la modesta cumbre del Frailecico, desde donde otearemos Chulilla, el cañón del río y La Muela.

Nougat de almendras sobre crema inglesa. Fotografía: Rafael de Otero-Sevilla.

Si decides quedarte a dormir alguna noche, dispones también de varias opciones. Además del Hostal el Pozo, ya mencionado, Apartamentos La Muela, la Casa Rural Las Heras de Chulilla, Casa La Rocha, la Casa Valle del Turia o La Presa de Chulilla, a las afueras, próxima al río y al Balneario.

Una población que tira de ti, te arrastra y te invita a regresar

Chulilla, como comprobarás, posee un magnetismo especial. Una localidad que siempre tira de ti. Te arrastra. Te invita a regresar. Te sumerge en un permanente redescubrimiento. ¿Te vienes?

www.viajarymuchomas.com

Rafael de Otero-Sevilla

Por Rafael de Otero-Sevilla