La ‘ciudad de la luz’ es el inspirador escenario de numerosas novelas y películas en las que el amor es el auténtico protagonista

La celebración de San Valentín, o cualquier otro día del año, es una buena excusa para recorrer la ciudad del romanticismo

Texto y fotos: Juama de Saá

Desde hace años, un grupo de personas amigas y viajeras, procedentes de distintos lugares del mundo, intercambiamos información sobre ciudades visitadas, sea o no recientemente, aprovechando nuestra amistad y afinidad y poniendo en común lugares y situaciones que nos llamaron la atención. Si el viaje fue hace poco, indicamos direcciones, precios concretos y posibilidades de cultura y ocio actualizadas pero, dadas las circunstancias generadas por la pandemia de coronavirus, será mejor dar un zarpazo más general y dejar la casuística para cuando podamos quitarnos unas horas las mascarillas.

Ante la celebración de San Valentín, cualquier lugar puede ser romántico para una pareja enamorada pero París es uno de los más maravillosos tópicos imaginables. Esa vez, un par de amigas se alojaban en un coqueto hotelito en la Rue Ledion, en el distrito XIV, aproximadamente, a medio kilómetro de las Catacumbas, el Cementerio y la Torre Montparnasse.

Estas son las observaciones que se me ocurrieron.

La statue L’Homme, con la Torre Eiffel al fondo.

Desde ahí, merece la pena pasear por el bulevar de Montparnasse. Aunque no sé si vosotras sois unas nostálgicas protestonas, podéis acercaros a la tumba de Sartre, en el Cementerio que tenéis cerca. Por supuesto, las Catacumbas. Absolutamente impresionantes, el Reino de la Muerte. Además, dan una idea de cómo el subsuelo de París es como un queso de Gruyère, tanto por las catacumbas como por los kilómetros y kilómetros de galerías en varios estratos, excavadas para extraer la piedra caliza con la que se construyeron multitud de edificios.

Cuando el ánimo y el cuerpo están más frescos, hay que moverse todo lo posible. Por ejemplo, coger el metro en Plaisance (línea 13, azulica celeste) para salir por los Campos Elíseos, recorrer toda la avenida hasta el Arco de Triunfo. Bajo mi modesto entender, no merece mucho la pena subir al arco de marras, teniendo en cuenta que la Torre Eiffel está a media hora caminando o, al lado, en metro (Champ de Mars).

Les Invalides.

Si no os apetece liaros con la parte al norte del Sena podéis bajaros en Invalides. Hay quien llora delante de los huesos de Napoleón, un tío bajito y con muchos complejos, pero que debía de tener ciertas nociones de estrategia y de manipulación de la conducta.

Por lo que se refiere al transporte, hay una tarjeta que se llama Paris Visite que permite coger metro, autobús y algunos trenes, según las zonas, que sale bastante bien de precio. La hay para uno, dos, tres o cinco días.

En caso de seguir al sur del Sena, desde los restos de Napoleón hasta el Museé D’Orsay debe de haber un cuarto de hora andando, sin demasiadas prisas. No sé si es porque mi padre fue ferroviario –fue una estación de tren- pero me encantó y vosotras, que sois avezadas entendidas en pintura y escultura, seguro que sacaréis un partido especial a esta visita.

Musée D’ Orsay.

Como en todos los museos importantes y lugares donde haya bastante gente, hay que atravesar un arco de seguridad, así que si llevas unos melocotones y varios litros de agua, como me pasó a mí, lo mejor es huir hacia delante y ofrecer con donosura una pieza de fruta a la tía de la puerta. Hay muchas cositas para comprar en plan regalitos. Imanes, calendarios, agendas… Es muy socorrido y de precio relativamente razonable para los compromisos varios.

Una cosa importante al hilo de los museos. Si os vais a dar una paliza de órdago, tal vez convenga comprar en una estación de metro una tarjeta que se llama Carte Musées-monuments, válida para uno, tres o cinco días. Esa tarjeta te hace sentir todo un vip porque te saltas bastantes colas con bula, por mucho odio y envidia con que te miren los que pagan la entrada monda y lironda.

Se trata de echar cuentas y ver si vais a visitar dos o tres museos, en cuyo caso no saldría rentable. Depende del nivel del cuelgue cultural que os carcoma. Controlad si hay días festivos o los cierres de los museos. El Museé D’Orsay tiene la ventaja de abrir los martes, justo cuando cierran los demás, pero la idea de visitarlo ese día se le ocurre también a todos los otros guiris y eso es una faena. Controlad también por Internet los museos que tienen entrada libre ciertos días, como el Pompidou, que es gratis un domingo cada mes, por ejemplo.

La Torre Eiffel merece la pena de verdad, cuando uno va con ganas de hacer el guiri. ‘A min prestoume’, que dirían en Galicia, incluso haciendo cola. Ojo con los pickpockets. Lo pone por todas partes y seguro que es por algo.

Podéis subir andando hasta la segunda plataforma pero es más aconsejable, teniendo en cuenta la paliza de estos días, coger un ascensor hasta el segundo nivel y otro más pequeño, que da un poco de mal rollo, hasta lo más alto. Para sacar fotos es la leche, si lleváis una cámara con un buen zoom óptico ya que, en otro caso, puede ser frustrante intentar sacar un Arco de Triunfo o un Sacre Coeur borrosos y casi irreconocibles.

Detalle de la estructura de la Torre Eiffel.

En el tercer nivel es bastante útil echar un vistazo con detenimiento a las fotografías de todo París que hay dispuestas en el perímetro. Cada fotografía panorámica indica los principales sitios, monumentos y museos en los que os vais a dejar los juanetes y hace mucha ilusión acojonarse de antemano. Uno de los edificios que se puede ver es, precisamente, la Torre Montparnasse, que es un poco horrible pero destaca porque es alta y la tenéis por vuestra zona. Es el único edificio alto de París, salvo los engendros que construyeron en La Dèfense, al noroeste de la ciudad, en plan barrio de negocios. Es prescindible para un primer viaje.

Trocadero, desde lo alto de la Torre Eiffel.

Me encanta subir a la Torre Eiffel siempre que puedo. Lo hago cada vez que tengo la oportunidad de ir unos días y sé que la próxima vez que vuelva a París, volveré a subir y me pasaré allí, al menos, tres horas. Creo que solo podré decir que conozco esa ciudad de verdad cuando vaya y ni siquiera me acerque a la Torre Eiffel. Saco las mismas fotos cada vez, desde un contrapicado y un picado, sacando la cámara fuera de la malla metálica de seguridad, hasta un detalle de las capas de pintura sucesivas que han llegado a ocultar los pernos y los remaches. Qué le voy a hacer… Nunca he cenado en el Jules Verne porque tiene un precio absurdamente caro pero sí estuve en el restaurante de la primera plataforma. Reservad, si os es posible.

Probablemente, la imagen más chula de la Torre Eiffel puede tomarse desde Trocadero, cruzando el Sena. Si hace calor, es una gozada comprarse unas crepés, la de jamón y queso está bien para quien le guste el queso y la de chocolate… A la de chocolate le ponen Nutella delante de tus ojos y tú buscas en la memoria las palabras en francés para decirle al del chiringuito «¿ves cuando te parezca muchísima?, pues un poco más». Hay algunos que la echan con cuchara pero lo verdaderamente obsceno es cuando, simplemente, dejan que caiga a borbotones sobre la crepé para que el calor haga uniforme el chocolate. Las simples entran mejor si se acompañan con una bebida previamente comprada en un supermercado porque, en otro caso, notas cómo te están robando. Mucho más que los pickpockets. Por esa zona, tirando hacia la avenida Kléber, hay algunos, pero hay que callejear un poco para encontrarlos. Yendo por esa misma avenida vais a dar con el Arco de Triunfo.

Arco de Triunfo.

Altamente recomendable emprender un largo paseo sin prisas hacia el Louvre, atravesando los Campos Elíseos, la Concorde, Tulleries… Sentándose un rato frente al estanque, tomando un café para preguntarse por qué pagar siete u ocho euros por algo que vale uno… Uno entiende aquí por qué París es un buen sitio para pasear. Es una ciudad hecha por gente a la que le gustaba el urbanismo y con ideas extrañas sobre la libertad, como Haussmann, un tipo sobre el que merece la pena leer, ya que revolucionó la propia concepción de la ciudad a mediados el siglo XIX y gran parte de lo que se ve hoy le es atribuible.

Es una ciudad hecha por gente a la que le gustaba el urbanismo y con ideas extrañas sobre libertad

Ojo con las horas para comer porque, según la zona en la que os encontréis, puede haber problema para encontrar una triste pizza mal hecha a las cuatro de la tarde. Esta gente tiende a comer pronto.

Obelisco de Luxor.

Un crucero por el Sena, romántico y bonito, con cena y cierta clavada incluida, con el permiso del coronavirus, puede estar bien pero, particularmente, lo del barquito con forma rara me pareció una buena despedida de la ciudad, en la mañana del último día, cuatro horas antes de irnos. Hay un trayecto de una hora -a toda leche, eso sí- incluida la vuelta a la isla que albergó los primeros asentamientos.

Nosotros lo cogimos justo frente a la Torre Eiffel en un sitio que se llama Vedettes de Paris, que te deja en el mismo sitio, después de pasar por debajo de la mayoría de los puentes del Sena. No os pongáis hacia la parte de delante, donde suele estar el tubo de escape, porque el humo de esos motores diésel dificultan la respiración y el romanticismo es muy jodido cuando estás tosiendo entre arcadas.

A falta de tiempo para ir a Versalles, vale la pena perderse en la zona de Notre Dame, cuya estructura aguantó el famoso incendio. Nos hospedamos cerca de Bir Hakeim e íbamos andando a todas partes, por muchos kilómetros que fuesen, que es lo que hacemos siempre para, si acaso, tomar un metro o un autobús al regreso si lo piden los pies. Hay que callejear por la zona donde están las iglesias de Saint Germain y la enorme Saint Sulpice. Sí, es la del Código Da Vinci, donde Silas se cargaba a la monja ¿no? y, según nos dijeron, había todo un tinglado turístico en torno a los lugares que figuran en el libro.

Notre Dame.

Llegando hasta ahí, queda muy cerca el Jardín de Luxemburgo. Por delante está el Senado. Bordeando el jardín, por la avenida Saint Michel, enfiláis hacia Notre Dame, pasando junto a la Sorbona y la iglesia de Saint Severin, a la que le cogí cariño gótico porque me hospedé por esa zona cuando era un jovenzuelo. Tengo entendido que estos fondos salían en ‘Entrevista con un Vampiro’, por cierto.

No os perdáis la Sainte-Chapelle. Fotos desde el interior o una simple mirada a las vidrieras para el recuerdo. Impresionante la iglesia de dos pisos.

Ahora, Notre Dame está todavía más emocionalmente sobrecargada. Desde el siglo XII hasta aquí, no ha podido pasar por más vicisitudes y modificaciones, sin contar el incendio que centró la atención del mundo.

Kilómetro cero, en el parvis de Notre Dame.

Luego está la curiosidad del kilómetro cero, que es como la Puerta del Sol, pero mucho más cutre y con un montón de gente poniéndose encima para estropearte la foto y murmurando rezos.

En todo el entorno de Notre Dame, sobre todo cruzando el puente hacia el sur, hay un montón de tenderetes para pillar cosas para los compromisos. Cielos, qué obsesión por no llegar con las manos vacías. Los precios no están mal del todo, aunque no hay quien acepte el regateo. También hay muchos sitios para comer y cenar que están bien de precio. A propósito, el agua de París es buena y eso debe invitaros a pedirla del grifo, como hacen la mayoría de los lugareños. Si os metéis en sitios con pocos guiris, callejeando un poco, veréis cómo suelen ser solamente los extranjeros quienes pagan cinco euros o más por una botella de Evian, creyendo que son los más ricos del lugar.

Si os gusta el arte moderno, caminad hacia el norte, pasando junto al Hotel de Ville hacia el Centre Pompidou, que debió de ser un pájaro de cuidado en cuanto a la corrupción y el tráfico de influencias. Hay una curiosidad que lamento que se nos escapase. Lo leí a la vuelta. Me refiero a la marquesina Art Nouveau de hierro y vidrio de Metro Abbesses (al norte de la ciudad), que fue trasladada a su ubicación actual desde el Hotel de Ville, precisamente. Es una de las dos entradas originales de estación aunque no tengo ni idea de cuál es la otra. Durante ese trayecto pasaréis cerca de la Tour Saint Jacques, un campanario gótico que queda en pie después de que la correspondiente iglesia fuese derruida.

El Centre Pompidou es más chulo por fuera que por dentro. Se paga para ver la exposición permanente y, a mayores, para las exposiciones especiales. En el interior, en la planta baja, topé con una mujer amargada que me miró con desdén cuando le pregunté donde estaba la obra de Kandinsky y la de Matisse. Si tenéis el Paris Visite, tiene interés acercarse a la Biblioteca Miterrand, pasando antes por el Instituto del Mundo Árabe.

En el Louvre puedes estar, con un poco de suerte, un rato a solas delante de cuadros como ‘La balsa de la Medusa’ o ‘La Libertad guía al pueblo’

Respecto al Louvre… Dieciséis kilómetros de galerías. No merece el esfuerzo intentar verlo todo en una sola sesión. Ni siquiera en cinco o seis. Si no estáis dispuestas a meteros dos o tres jupas de doce horas, lo mejor es ver con cierta tranquilidad solamente el ala Denon, desde las antigüedades griegas como la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia hasta la Mona Lisa (no os perdáis a la gente forcejeando frente al plexiglás a prueba de balas. Es la mejor foto aunque tampoco están mal las caras ante las estatuas mencionadas). Con un poco de suerte, se puede estar un rato a solas delante de cuadros como ‘La balsa de la Medusa’ o ‘La Libertad guía al pueblo’. Leí en una guía del museo que la gente se obsesiona con hacer cola para ver a través de una mampara el cuadrito de marras cuando, caminando quince metros, puedes estar solo frente a la ‘Virgen de las Rocas’. Era cierto.

Turistas apiñados frente a La Gioconda. Eran otros tiempos.

Si sois amantes del mundo egipcio, directamente al ala Sully, donde te vuelves tarumba intentando seguir el orden de las salas y las criptas, sobre todo si hay alguna sección cerrada por ahí. Todos los días hay alguna parte del Museo que cierra y se puede saber de antemano por Internet. Lo digo por si queréis ver a Durero, por ejemplo, y os pilla cerrado como nos pasó a nosotros. Pero es que, claro, si os apetece ver ‘La Gitana’ de Hals, o los Rembrandt y los Vermeer, hay que ir al ala Richelieu. Que no se os pase ‘La Encajera’, porque nos picamos para volver sobre nuestros pasos a verla, tuvimos que dar mil vueltas y es así de pequeña que es lógico que se nos pasase por alto, al margen de que la hayan puesto en un rinconcillo de la sala.

Fachada de la Ópera Garnier.

Cuando decidáis acercaros al Sacre Coeur, pasad antes por la Madeleine y la Ópera, el Palais Garnier. Estuve a punto de no entrar por listillo, después de haber estado en algunas de las más importantes del mundo. ‘Vista una, vistas todas’, pensé. Menos mal que esta chica o me hizo caso y me llevó a regañadientes. Está fenomenal. Uno de los mejores templos de la ópera que he visto. Si hay suerte, hasta es posible acceder a la platea. Los enormes pasillos casi versallescos no eran salones de baile, como creía yo, sino ¡una zona de esparcimiento y paseo para los asistentes a la ópera entre un acto y otro!

Detalle de las Galerías Lafayette París Haussmann.

Lo dicho, paciencia y buen calzado. Lo del calzado no es broma. Yo tuve que ir al ‘Corte Inglés francés’, es decir, las Galerías Lafayette, para pillar otras zapatillas porque me habían salido ampollas en lugares del pie cuya existencia desconocía.

En el último piso del centro comercial hay un restaurante que puede venir muy bien. Ensalada y pollo con patatas al vapor. La bebida, ya se sabe, estropea el presupuesto, a no ser que la hayáis pillado fuera y la llevéis en la mochila, lo que no queda muy fino, que digamos.

También hay una terraza desde donde se ve a la perfección la parte trasera de la ópera, en la que se rodaron varias escenas de la película del fantasma. Según se sale a la terraza, hacia la izquierda, se ve bastante bien el Sacre Coeur, que está lejos. Mejor acercaos lo más posible en autobús y callejead por la zona. Hay un funicular para los acojonados pero si yo pude subir a buen ritmo dejando atrás a los metrosexuales, os puedo imaginar a vosotras superando los escalones de dos en dos con un cigarrito en los labios.

Bouquiniste, a orillas del Sena.

Al bajar y callejear por el barrio de Montmartre es cuando se ve cómo palpita la zona. Es tremendo. A ciertas horas, hay un hervidero de gente y no os podéis perder las tiendas de ropa de segunda mano. Mujeres, niños, señores hechos y derechos, con los ojos fuera de sus órbitas, curioseando entre miles de prendas. Encuentras una prenda que te gusta y resulta que le falta una manga, por ejemplo. Pero hay cosas muy buenas. Bajando por la tarde hasta el bulevar de Clichy y el de Rochechouart, te haces una idea de cómo será de noche. Todo equis. Por todas partes. Cuidado con las fotos que saquéis a los tenderetes callejeros porque no son pocos los que quieren cobrarte por el gesto de darle al botón. Mejor tirar hacia delante sin decir nada.

Lo dejo aquí. Son demasiados apuntes para este cuaderno improvisado pero, aun así, faltan mil cosas por poner. He estado unas cuantas veces en París y tengo todavía una lista de 65 lugares que querría visitar, siempre que la pandemia, el tiempo y el dinero me lo permitan. ¡Buen viaje!

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