Chinagora, la copia de la Ciudad Prohibida de Pekín, ha perdido el ambiente de antaño, pero no su majestuosidad

Chinagora: 9,8 km. El Google Maps me daba luz verde. La copia de la Ciudad Prohibida de Pekín, en las afueras de París, entraba dentro del radio de 10 km en los que el gobierno francés te deja moverte en estos tiempos de pandemia. Mabel y yo nos habíamos acercado allí varias veces a finales de los noventa, cuando era un centro cultural y comercial, donde comprábamos especias.

Después de más de 20 años sin ir, esta vitrina de China en la localidad periférica de Alfortville, se ha convertido ahora en un inmenso hotel. Esta curiosidad de estilo pekinés, firmada por el arquitecto Liang Kun Hao, ha perdido el ambiente de antaño, pero no su majestuosidad.

Un poco más de dos horas me separaban a pie de aquel lugar de cinco edificios, 50.000 metros cuadrados, situado donde confluyen los ríos Marne y Sena. Cuando llegué, Chinagora mantenía el encanto del clon de la Ciudad Prohibida que los inversores cantoneses querían que fuera. Pero se había quedado huérfana del encanto de la gran galería cultural y comercial que fue y que te sumergía en el país asiático. El inmenso hotel vacío, debido a la pandemia, permitía un viaje más sesgado. Y extrañé los tiempos en que paseábamos por allí Mabel y yo entre olores embriagadores.

Tras aquel baño de recuerdos, decidí explorar el resto de Alfortville. Los posters en tiendas y bares del cantante Charles Aznavour me hicieron darme cuenta de que aquella pequeña ciudad periférica al sureste de París, desdeñada por las guías turísticas, escondía un pequeño viaje por Armenia.

Los 10 kilómetros concedidos por el gobierno francés para alejarte de tu residencia, me permitían un viaje por China y Armenia. Desfilaban ante mí iglesias y comercios armenios, adornados con la efigie recurrente de Aznavour.

Nacido en París, pero hijo de armenios, el cantante, cuyo verdadero nombre era Shahnourh Vaghinag Aznavourian, se ha erigido en todo un símbolo de la emigración del país euro asiático en Francia.

Cuando me quise dar cuenta, había transgredido las reglas, sin querer, y me había alejado 14 km de casa. Bordeando el Sena y cruzando el majestuoso Pont du Port-à-l’Anglais, levantado a principios del siglo XX, fui construyendo el regreso. Y de camino hacia casa, quedaron atrás las poblaciones de Vitry, donde descubrí de forma azarosa un estadio construido en 1897 y que es sede desde entonces del equipo de fútbol CA Vitry, fundando aquel año y uno de los clubes más antiguos de Francia, e Ivry, bastión izquierdista del país, gobernado por el partido comunista desde 1925.

Y ya en París, entrando por el distrito XIII, una nueva incursión en Pekín o Shanghai, el barrio chino de la capital francesa, con sus comercios del país asiático. Y sus aromas. Esos que no pude reencontrar en Chinagora.

Y como bienvenida al barrio chino, la ‘Puerta Asiática’, en la confluencia de dos calles, la Avenue de Choisy et de la rue des frères d’Astier de La Vigerie, un monumento inaugurado en 2016, realizado por el artista francés George Rousse, residente de la zona. La obra represente el signo ‘Mén’ (puerta en chino).

Pero el ‘Chinatown’, una vez traspasada esa puerta simbólica, permite una inmersión en la cultura china. Y en esa pléyade de lugares aparece un templo budista, en la rue du Disque y otro taoísta, en la Avenue d’Ivry, e incluso una iglesia católica, Notre Dame de Chine, en la Avenue de Choisy.

No muy lejos, en esa misma Avenue de Choisy, se encuentra el comercio más conocido del barrio chino, Tang Freres (Los hermanos Tang), donde se puede comprar todo lo imaginable, desde recuerdos a elementos de decoración, pasando por todo tipo de productos chinos de alimentación.

En la Avenue d’Ivry, a un paso del templo taoísta, se encuentra el ‘Empire des Thés’ (El imperio del té), donde se pueden encontrar todas las variedades posibles de té.

Y los innumerables restaurantes chinos que desfilan ante nuestros ojos, permiten una incursión en la comida del país asiáticos. Con menús, en bastantes casos, inferiores a 15 euros, más asequibles al bolsillo que en otras zonas de la capital francesa.

10 kilómetros son los permitidos. Pero la imaginación te puede permitir adaptarte a las circunstancias. Y, cuando te quieres dar cuenta, has recorrido dos países en un día.

Pablo San Román

Por Pablo San Román

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