
Descubre paisajes de ensueño, vestigios históricos, calles empedradas y pueblos donde el silencio es un singular atractivo turístico
Con el verano llegan los planes de vacaciones y el tiempo de ocio al aire libre y, sin duda, los pueblos de Castilla y León constituyen una escapada perfecta para disfrutar de ese merecido descanso y, de paso, descubrir las mil y una curiosidades que hacen del medio rural de la Comunidad más extensa de España un auténtico parque temático para descubrir y vivir la mejor experiencia. Al tradicional destino de sol y playa asociado a la oferta turística española le ha salido un competidor que, año tras año, experimenta aumentos significativos: el turismo de interior.
Patrimonio arquitectónico, cultura, historia, naturaleza, enoturismo y una gastronomía espectacular son, entre otros, sus cartas de presentación que convencen a visitantes nacionales y, cada vez más, a turistas internacionales. Pero es que, además, podrás contemplar espectaculares valles y ríos y escuchar el silencio, sí, el silencio que encontrarás en muchos de tus recorridos por esta Comunidad.
Desde Viajar y Mucho Más (VYMM) te queremos animar a recorrer esos pequeños tesoros que esconde el interior de un histórico territorio que ofrece al visitante calidad y sosiego. Y, por ello, te planteamos 7 lugares que, seguro, colmarán este verano tus expectativas más exigentes. Cada uno, tan espectacular o más que las famosas costas veraniegas del país.
Lo que encontrarás en este artículo:
- Sierra de Ayllón
- Cuevas del Águila
- Siega Verde
- Peñalba de Santiago
- Villalcázar de Sirga
- Rihonor de Castilla y Río de Onor
- Posada de Valdeón
1. Sierra de Ayllón (Segovia)
A los pies de la Sierra de Ayllón, en la provincia de Segovia, entre Riaza y Ayllón, encontrarás ocho aldeas que parecen pintadas por una imaginativa paleta de colores. En pocos kilómetros, saltarás súbitamente de un color rojo, fruto del hierro, al negro carbón, obtenido de la pizarra, o al amarillo reluciente nacido de la cuarcita. Todo ello por la diversidad geológica de la zona. Allí los suelos están pavimentados y coloreados con la misma piedra con la que se levantan sus casas y sus iglesias.
Empieza por Madriguera, el pueblo rojo por excelencia y uno de los más bonitos de Segovia. Una calzada rojiza nos conduce entre sus casas teñidas absolutamente del color de la pasión. Te darás cuenta enseguida que es imposible ver una casa en ruinas, porque todas están rehabilitadas con mimo.

A solo cuatro kilómetros se encuentra el Muyo, donde la tonalidad cromática cambia a un negro carbonizado en los muros, en los tejados y en las calles. Solo su Iglesia, dedicada a San Cornelio y San Cipriano, destaca por sus tejas rojas. Al contrario que Madriguera, este pueblo apenas llega a la decena de vecinos, y la mayoría de sus casas luchan contra la inercia del abandono.
Y del rojo y el negro al amarillo. Llegamos a Alquité, una pequeña aldea de tan solo cuatro habitantes y una iglesia románica, la de San Pedro, que data del siglo XII y es sin duda una de las más singulares de toda la provincia.
La visita no estaría completa si no se conocen también otros enclaves, como son Villacorta, El Negredo, Serracín, Becerril o Martín Muñoz de Ayllón. Y para culminar esta colorida ruta, sería imperdonable que el oyente se saltara su visita a la medieval Ayllón y a Riaza, con su singular Plaza Porticada.

2. Las Cuevas del Águila (Ávila)
Nuestra segunda propuesta te llevará a sumergirte en un juego de afiladas estalactitas y estalagmitas, de impresionantes coladas y de columnas… a más de 40 metros de profundidad. Y para ello de planteamos conocer las asombrosas Cuevas del Águila, creadas a capricho del agua, de manera lenta pero constante durante más de 500 millones de años, y que están situadas a 9 kilómetros de Arenas de San Pedro, en el abulense Valle del Tiétar.
Fue la casualidad la que hizo que salieran a la luz estas caprichosas formaciones, cuando a finales de 1963 cinco jóvenes se percataron de que salía vapor de agua por un agujero del Cerro del Águila. Solo 7 meses después, abría al público esta gran gruta de caliza cristalina, única en el centro de la Península Ibérica y que sigue en crecimiento, eso sí, a un ritmo de un centímetro cada 200 años.

Al penetrar en sus profundidades, sentirás la frescura del aire subterráneo, escucharás el murmullo del agua y quedarás hipnotizado por ese estallido de formas inverosímiles y una sinfonía de colores -del blanco, al ocre, al naranja- que la iluminación no hace más que destacar.
Debes saber que, por delante, tienes un viaje de 1.000 metros por un camino perfectamente pavimentado y unas cuantas escaleras para salvar los desniveles, mientras se bordean las galerías a centímetros de las estalactitas y estalagmitas. Es el momento de dejar volar la imaginación y encontrar la cabeza de un toro, una mazorca de maíz, un águila o incluso a la Virgen con el niño en brazos esculpida en la roca.
Desde cualquier ángulo, esta maravilla natural parece diseñada para dejar al visitante sin palabras. No es de extrañar, por tanto, que las Cuevas del Águila sean el segundo enclave más visitado de Ávila, por detrás de la muralla de la capital abulense.
Por cierto, las Cuevas del Águila permanecen abiertas al público todos los días del año, con una temperatura siempre estable en torno a los 17 grados y por tan solo 10 euros la entrada (8 euros para los niños). No tienes excusa para no visitar esta catedral subterránea que nos regala Ávila.

3. Siega Verde (Salamanca)
Y de una catedral a otra, aunque no se trata de un edificio de piedra al uso, porque nos referimos a la catedral del Arte Paleolítico. Hablamos de Siega Verde, a tan solo 15 kilómetros de Ciudad Rodrigo, en Salamanca, es el yacimiento que mayor concentración tiene de arte paleolítico grabado al aire libre de toda la Europa occidental.
Sobrecoge pensar que hace más de 20.000 años grupos de homo sapiens, como nosotros, dejaran grabados sobre paredes rocosas verticales tanta información, y de forma tan precisa, de cómo era la fauna de la época. En poco más de 3 kilómetros, en la orilla izquierda del río Águeda, hay registrados casi un centenar de paneles en los que aparecen nada más y nada menos que 600 figuras mayoritariamente de animales, entre ellos caballos salvajes, bisontes, ciervos, renos y hasta mamuts o los desaparecidos uros, y no pocas representaciones abstractas u otros signos.

Sinceramente, sorprende que Siega Verde continúe siendo un gran desconocido entre los turistas, pese a haberse descubierto a finales de la década de los 80 y ostentar la privilegiada Declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 2010, como extensión al yacimiento portugués del Valle del Côa.
Sea como sea, el viaje por el yacimiento comienza en el aula arqueológica. Allí, un gran número de dibujos, gráficos, textos y vitrinas con réplicas nos va situando en el espacio y en el tiempo, antes de pasar a ver una recreación de la vida del Paleolítico y una maqueta del yacimiento que ya nos dibuja lo que será nuestro recorrido entre los grabados prehistóricos.
De miércoles a domingo, por un precio que no llega a los 8 euros, es posible traspasar este portal temporal mientras cada uno trata de averiguar qué representa cada símbolo y reflexionar qué necesidad tenían estos artistas prehistóricos de plasmar sobre rocas aquello que podían contemplar a su alrededor.
Se trata de una escapada ideal para toda la familia, perfecta para visitas escolares. Ah y no te olvides antes de abandonar este lugar único tu pasaporte rupestre.
También puedes realizar visitas nocturnas para ver figuras que son difíciles de ver, jugando con el ángulo de iluminación y conocer este lugar único en el mundo, y no es un simple eslogan.

4. Peñalba De Santiago (León)
Hay destinos o lugares que son perfectos para perderse, o para encontrarse. Hablamos de un pequeño pueblo de auténtica postal que se encuentra escondido en lo más profundo del sur del Bierzo, en un valle que ya evoca al silencio.
Y es que silencio es precisamente lo que el oyente se encontrará al llegar a Peñalba de Santiago, con no más de 15 habitantes y a tan solo 20 kilómetros de Ponferrada, a la sombra de un blanco peñasco. Eso sí, antes de abrir la puerta de este Conjunto Histórico Artístico Nacional, y uno de los pueblos más bonitos de España, y no es exagerado, habrá que peregrinar por una carretera que culebrea entre árboles, ríos y cascadas naturales. El sobrecogedor paisaje, que en otro tiempo sedujo a eremitas, ya de por sí es un obsequio para todos los sentidos.
Alejado de todo el bullicio, cada rincón de este encantador pueblo merece ser explorado, fotografiado y vivido. Llama la atención el perfecto estado de conservación de sus calles estrechas y empedradas, y de la gran mayoría de sus casas, todas ellas de piedra, con balconadas de madera y tejados de pizarra.
Pero si hubiera que elegir un único lugar de todo este excepcional conjunto de arquitectura popular, ese es la iglesia de Santiago. Se trata, sin duda, de una de las mejores obras conservadas del arte mozárabe en España. En pie desde principios del siglo X, su fundador fue San Genadio, Llama la atención la preciosa portada de arcos geminados que evidencia ese origen mozárabe, y ya en su interior la colección de pinturas murales decoradas a lo largo de los siglos.

Pero es que, además, Peñalba de Santiago es un enclave estratégico para iniciar emocionantes rutas de senderismo. A solo cuatro kilómetros del pueblo, encontramos la cueva de San Genadio, donde se retiraba el monje a meditar.
Y, como curiosidad, allí se encontraron las famosas ‘Piezas de San Genadio’. Están consideradas las figuras de ajedrez más antiguas de Europa.
Por tanto, si estás buscando una escapada cultural que te permita desconectar del bullicio de la ciudad y sumergirse en la tranquilidad de la naturaleza y de la historia, Peñalba de Santiago en el Valle del Silencio es también tu destino perfecto.
Además, cuenta la leyenda que cerca de la cueva pasaba un caudaloso río. El agua bajaba con tanta fuerza que su estruendo impedía al santo meditar. Un día, cansado de esa situación, exclamó «¡Silencio!», y el curso del agua desapareció frente a la cueva y volvió a reaparecer montaña abajo. Leyenda o no, en el interior de la cueva puede verse un altar con una representación del santo, adornado con pequeñas cruces hechas por los visitantes a modo de ofrenda.

5. Villalcázar de Sirga (Palencia)
En este recorrido no nos olvidamos de la localidad palentina de Villalcázar de Sirga, parada obligatoria, y obligada, en la etapa del Camino de Santiago que conduce desde un icono del románico palentino como es Frómista a otro como Carrión de los Condes.
A mitad de camino nos sorprende ya desde kilómetros de distancia esta pequeña población, única encomienda de la Orden del Temple en Palencia, por la silueta de una iglesia, de dimensiones catedralicias, que se asoma por encima de un caserío que hoy no supera los 200 habitantes. Y eso que quedó inacabada.
Nos referimos a la Iglesia de Santa María La Blanca, que empezó a construirse a finales del siglo XII, y que puede presumir de contar con uno de los pórticos más espectaculares del gótico en España, con una doble portada, con cinco arquivoltas y un monumental friso de dos alturas.
Si su exterior impacta, espera a conocer su interior. Imposible no recorrer con la vista ese espectáculo de columnas, de cruce de bóvedas, con sus 308 capiteles, hasta reparar en el impresionante retablo hispano flamenco.

Más llamativo, si cabe, son los tres sepulcros de piedra policromada en los que descansa el infante Felipe (hermano menor de Alfonso X, El sabio), y el de su segunda esposa (Leonor Rodríguez de Castro), y ya uno más modesto para Juan Pérez, comendador de la orden de Santiago. Iluminada por la luz que entra por el enorme rosetón, la imagen de la Virgen Blanca, a la que Alfonso X dedicó algunas de sus famosas Cantigas.
Solo por contemplar esta iglesia, de la que se dice que es uno de los puntos más importantes de fuerzas telúricas, merece ya la pena detenerse en el camino. Pero mejor si la visita se completa con la degustando de un buen lechazo churro en el mesón de los Templarios, abierto desde 1965 todos los días a la hora de comer. No hay pérdida. Está justo detrás de una escultura que no pasa inadvertida para peregrinos y turistas. Pocos son los que se resisten a sentarse en el banco de hierro junto a Pablo, el mesonero mayor del Camino de Santiago, que espera paciente con su original atuendo medieval para darte la bienvenida al mesón.
Seguro que Miguel Delibes, cuando asistió en 1996 al rodaje de la adaptación cinematográfica de su novela ‘Las ratas’, disfrutaría de una comida a la vieja usanza con este visionario del turismo alrededor del Camino de Santiago.

6. Rihonor de Castilla y Rio de Onor (Zamora y Portugal)
La frontera, imaginaria para el viajero, entre Castilla y León y Portugal es siempre un plan aconsejable. Sobre la mismísima raya con el país hermano, allá donde la frontera solo aparece en los mapas, hay un lugar muy especial, porque simplemente transitando por una calle estarás bien en España o bien en Portugal. Se trata de un pueblo en dos países: Rihonor de Castilla, en Zamora, y Rio de Onor, sin ‘hache’, en Portugal.
Son dos aldeas ‘siamesas’, dos localidades hermanas, separadas por la invisible frontera hispanolusa debido al devenir de la historia. La disputa en el siglo XII entre la corona de Portugal y el reino de León las separó administrativamente, que no socialmente. Y es que, aunque las fronteras políticas partan al pueblo en dos sobre el papel, en la vida cotidiana no existen barreras entre los vecinos. Un simple mojón, y los carteles de bienvenida a una u otra localidad, son las únicas señales visuales de su división.
A partir de ahí un buen puñado de curiosidades. Por ejemplo, los vecinos de ambas aldeas tienen distinto pasaporte, distinto código postal y, por supuesto distintas administraciones de cabecera. Cuentan con dos husos horarios diferentes, así que mejor olvidarse del reloj, con dos iglesias, dos cementerios y dos idiomas: el español y el portugués, que se entremezclan de forma indistinta, y una lengua común: el riononés, que ya solo utilizan los más veteranos.

Y todo esto en un pueblo con no más de 70 vecinos, casi todos emparentados, casi todos mayores, donde los Prieto y los Preto son mayoría.
La semejanza se ve en las calles. El povo do cima, si está en la parte española, o el povo de abaixo, si lo está en la parte portuguesa, comparten una arquitectura a base de casas de piedra con tejados de pizarra y dos pisos; y un puente romano que salva un río con dos nombres.
A 16 kilómetros de Puebla de Sanabria. A 27 kilómetros de Braganza. Rihonor de Castilla/Rio de Onor es la bisagra de dos entornos naturales muy seductores. Por la parte española, está la Sierra de la Culebra, el paraíso del lobo ibérico; y del lado portugués, el parque natural Montesinho, votado como una de las siete maravillas del país.
Si tienes oportunidad este verano, no dejes de visitar este singular pueblo y conocer de la mano de sus vecinos cómo es vivir a caballo entre dos países.

7. Posada de Valdeón (León)
El tramo que une Posada de Valdeón con la aldea de Caín es un camino no tan popular, no tan frecuentado, como la archiconocida senda, pero igualmente espectacular porque nos regalará las mejores vistas a los Picos de Europa en su vertiente leonesa.
Y, para ello, te proponemos comenzar este recorrido en Posada de Valdeón, uno de los 8 núcleos de población que conforman el precioso Valle de Valdeón (también en la imagen principal). Pero antes de partir sucumbimos al aroma a queso azul que impregna el ambiente del pueblo y que procede de la Quesería Picos de Europa.
Te quedarás embelesado ante la decena de hórreos que siguen en pie desde hace más de 100 años. Son todos Bien de Interés Cultural, como lo son también los otros 80 ejemplares que están repartidos por todo el valle.
Ya con la mochila cargada de queso, adéntrate entre plácidas praderas y frondosos bosques para ir acercándote, poco a poco, a cumbres de roca caliza en una ruta de unos 10 kilómetros, bastante cómoda y de lo más variada.

En el camino te encontrás con el Mirador del Tombo. Una cruz de forja y una columna de piedra sobre la que se sitúa la escultura de un rebeco, nos indica que hemos llegado a esta impresionante atalaya que lleva en ese lugar desde 1964 y que fue erigida en memoria de Julián Delgado Úbeda, una de las grandes figuras del montañismo del siglo XX.
Una placa identificativa nos ayuda a interpretar cuáles de las cumbres más características del macizo Central son visibles desde allí. Tras varias o muchas, mejor dicho, fotografías para capturar tanta belleza, regresas a la senda. Tu próxima parada: el Chorco de los Lobos, un llamativo sistema en forma de embudo y con final en un pozo circular, que antaño era utilizado por los lugareños para dar caza al lobo. Su último uso tuvo lugar en 1964.
Y de allí a la Ermita de Corona, situada en un claro del bosque, donde se dice, se cuenta, que fue coronado Don Pelayo al comienzo de la Reconquista.
Poco a pocos, irás acercándote a los profundos barrancos y despeñaderos que forma el curso de un río Cares que se descuelgan a nuestros pies antes de llegar a la joya y fin de esta ruta por hoy: Caín, pero eso ya es otra historia.

Por Mar Peláez
viajarymuchomas.com






